miércoles, 31 de diciembre de 2008
Cumpleaños
No se te debieran desear felicidades a tí, sino a la Tierra, a la vIda misma, por haber tenido la dicha de haberte recibido hace unos años.
Porque es la vIda la que sonríe cada vez que tú lo haces, es la Tierra que se viste de verano cuando tú danzas en medio de los árboles que, lujuriosos, inclinan sus copas al suelo para captar mejor tu aroma.
Pero como lo que se estila es esto, ¡Feliz Cumpleaños!
domingo, 16 de noviembre de 2008
Swinger Night
Ambos miran alrededor, fijándose en cada detalle, mirando las caras de las demás parejas. Sobre la barra un televisor transmite una película porno. Raro, piensa él. Primera vez en su vida que mientras mira a la mesera que les tiende la cara ve de reojo una porno en el espejo detrás de su mujer.
Pasan los minutos y los dos sonríen, los dos beben sus tragos, los dos observan a las parejas un poco mayores que ellos que desfilan por el lugar.
Conocían el programa, que hablaba de un show. Así que cuando ven a las parejas que comienzan a levantarse con sus tragos, ellos también se levantan, y siguen a los que comienzan a avanzar por el pasillo. Entran a una sala un poco estrecha, con asientos todo alrededor, excepto en un pequeño espacio un poco más elevado con un caño instalado. Un presentador los saluda, les da la bienvenida, y presenta a una muchacha que tras un baile un poco frenético comienza a desvestirse a un ritmo lento y pausado, pero sin otra gracia que sus abultados pechos operados.
Después, aparece una versión musculosa de Neo. Se quita el abrigo y queda en shorts. Las mujeres sonríen. Su mujer le hace una broma a su vecina, que rie a carcajadas. La versión musculosa de Neo trata de provocar a todas, acercándoseles, haciéndolas recorrer su pecho con manos ansiosas. Y luego toma a alguien del público. La lleva a la pista, la levanta y la hace abrazarlo, le levanta el vestido, la desnuda, la tiende en el piso. Él no puede ver más, porque el gordo de su vecino cubre todo el espacio, dejándole sólo la posibilidad de mirar las caras del resto de la gente. Caras de placer en algunas mujeres. Indiferencia en otras. Un extraño interés en algunos hombres, una pequeña desaprobación en algunos otros.
El show termina. Les hablan de las salas. Un cuarto oscuro en el que se puede fumar y beber. Un cuarto donde no se puede fumar. En cualquiera de los dos lugares se debe entrar sólo con vasos plásticos.
Ella lo lleva a la barra a cambiar sus vasos, y entran a la sala donde no se puede fumar. Una pared con agujeros deja ver parejas que comienzan a acariciarse, que comienzan a quitarse lentamente la ropa. Se van al cuarto oscuro. Una pareja en un rincón se besa y acaricia bajo las ropas. Ellos encienden un cigarro. Sonríen. Se miran. Se reconocen en el fondo de los ojos. Saben que están ahí sólo por diversión. Y se besan a ratos. Se pierden en sus abrazos y en la humedad de sus labios.
Vuelven al cuarto de los agujeros. Ella mira a las otras parejas que se besan, se lamen, se tocan. Y se apoya en la pared para mirar tranquilamente, mientras un poco más allá, en unas banquetas, algunas parejas comienzan a quitarse la ropa.
Se sientan. Se besan. Él comienza a desabrocharle la blusa. Ella sonrie. Se miran una vez más, se buscan y se encuentran una vez más, como la primera vez, con su antiguo deseo intacto. Él comienza a jugar con sus pechos. Ella comienza a gemir mientras mira a las otras parejas. Ella se arrodilla en el piso, le desata el pantalón, toma su verga y comienza a chupar, como siempre lo hace, con la ligera presión de sus labios, con el jugueteo de su lengua. Él le acaricía los pechos, mira a las otras parejas y ve un desfile de tipos que son mamados por mujeres arrodilladas.
Él la hace levantarse. Como comprende que disfruta mirando, la hace darse la vuelta y baja sus pantalones para acariciar suavemente su húmeda vagina. Ella comienza a gemir dulcelmente, y sólo él entre todos ellos, sólo él que conoce esos gemidos los escucha y los atesora. Ella se da la vuelta, termina de quitarse los pantalones, y lo monta con un profundo suspiro. Una pareja junto a ellos hace lo mismo. Un poco más allá, dos parejas comienzan a juguetear: una mujer yace de espaldas en un taburete, mientras la otra acaricia su vagina, al tiempo que es penetrada por su acompañante y mama el miembro de la pareja de la primera mujer.
Ella mira a todos lados, con una expresión un poco desencajada, con los ojos semicerrados y la boca ligeramente abierta. Él la siente moverse, la siente apretar con pequeños músculos su verga, la siente suspirar, y finalmente siente un rio que se desborda sobre su pubis y corre entre sus piernas. No alcanzó a sentir los pinchazos de las afiladas uñas de ella en su espalda, mientras cerraba los ojos y con un gemido se abría como una flor que había esperado demasiados inviernos para resplandecer.
Ella se levanta. Él la sigue. Ella vuelve a mirar por los agujeros. Él la mira sorprendido, excitado, maravillado de esa expresión de placer contenido. No sabe si llevarla de la mano junto a las otras parejas que comienzan a compartirse, a acariciarse mutuamente, a revolcarse a rio revuelto entre sonrisas, gemidos y suspiros prolongados, porque no sabe si es eso lo que ella quiere o disfruta del solo mirar.
Finalmente, vuelven a su banqueta. Ella vuelva a montarlo, vuelve a gemir, vuelve a mostrar esa expresión que a él le trastorna, vuelven a abrazarse, a acariciarse y reconocerse en medio de esas parejas que hacen lo mismo. Las parejas que antes se compartían timidamente han optado por cambiarse definitivamente. El gordo que fue su vecino durante el show penetra con alguna incomodidad a la mujer que antes masturbaba a su compañera. Se escuchan quejidos. Se ven formas danzantes en la oscuridad. Se escucha el frufru de papel higiénico cortado. Se escucha el leve rasguido del envoltorio de algún condón que sale por ahí. Y ella sigue montada sobre él. Sigue echando la cabeza hacia atrás, dejando que su pelo vuele libremente. Sigue danzando sobre él, con sus grandes pechos libres, para que él los acaricie, los amase, los bese y los disfrute.
Hasta que encienden la luz. Alguien había advertido al comienzo qué hacer en caso de una inspección municipal. Ella se asusta. Se levanta. Se abotona la blusa, mientras él cierra su pantalón. Pero no pasa nada. Aunque en realidad ha pasado todo, y el tiempo ha volado. Las luces se encendieron porque son más de las cuatro. La gente comienza a salir. El gordo, apoyado en la pared, anota un teléfono que entrega a la otra pareja.
Ellos se toman de la mano. Salen con paso resuelto. Respiran el aire fresco de la madrugada. Cruzan la calle. Un taxi está detenido junto a la vereda, esperando. Abren la puerta, saludan, indican una dirección. Se toman de la mano, se sonríen. Y luego se besan, con la sonrisa aún dibujada en sus labios.
jueves, 13 de noviembre de 2008
Proyecto
Una historia que no es una historia.
Sólo entrevistas a personas que conocieron en distintos ámbitos, a una persona.
Esa persona (un hombre, 35 años, profesional, padre de familia), acaba de cometer un crimen, que no está claro cuál es. En ese crimen, en todo caso, está involucrada (¿víctima? ¿cómplice?) su pareja.
Y todos los entrevistados hablan de él a la luz del crimen. Algunos para defenderlo, otros para atacarlo (en el tenor "siempre sospeché que él era capaz de algo así..."). Otros, simplemente para no tomar partido y decir que lo veían de tal o cual manera.
Evidentemente, las visiones de los entrevistados no son complementarias. Pero tampoco son absolutamente contrapuestas. Como las piezas de dos rompecabezas (¡gracias, T2!) de la misma imagen, pero que hubiesen sido cortadas en forma diferente.
O como un edificio visto por distintas personas mientras lo construían, y visto por otras cuando está terminado. O como un puente, visto desde las dos riberas del río. O como un árbol, donde un gusano habla de la raíz y un pájaro habla de su follaje.
Sería interesante, pero suena un poco a Detectives salvajes a la Bolañesa (aunque el resultado sería muy distinto, pero la forma es siempre lo que más ha preocupado a los críticos...)
Podría terminar con un recorte de diario (La Cuarta, por supuesto), que aclare el crimen. O nada. Dejar todo en penumbras.
Se reciben toda clase de opiniones y sugerencias (aunque con la inexistente cantidad gente que pasa por acá, será para el tricentenario).
viernes, 17 de octubre de 2008
El Sol
(Para quien alguna vez evitó que un sol ardiera...)
No podía abrir los ojos. Veía todo, sentía todo, pero no podía abrir los ojos.
Volvía a ver la cara de los dos tipos que lo asaltaron el mismo día que había llegado a Santiago, mientras caminaba por una calle oscura pero que entonces le parecía bonita, con casas altas, y todos esos cables saltando de un poste al otro, pensando que eso era la modernidad y era Santiago y era el progreso y era la riqueza que por fin podría mirar a la cara. Tan distinta le parecía la calle al camino que recorría desde la hacienda Montana a su casa, tan distintos los árboles a esos postes decorados de cables y zapatillas colgando (¿para qué servirían esas zapatillas? se preguntó, divertido sin encontrar una respuesta), tan distintas las rejas de metal y los jardines con maleza y basura a los cercos de madera y alambre tras los cuales se veían los animales pastando. Tan distinto le parecía todo, tan hermoso a fuerza de novedad que no escuchó cuando los dos tipos lo alcanzaron y uno de ellos lo rodeó por los hombros y le preguntó si no tenía un cigarrito. Él se volvió a mirar a uno, luego al otro, y les dijo sonriendo que no, que él no fumaba. Y entonces uno de los tipos sacó un palo, no supo de donde, un palo como esos con los que se ve a los gringos jugar en la televisión, y lo sintió de lleno en la cabeza. Alcanzó a escuchar cómo caía la bolsa que traía y cómo se rompía la taza nueva que se había comprado para el té.
Cuando lo despertaron miró extrañado a todo el mundo. Tres señoras lo rodeaban y una le hablaba con palabras que le parecieron de otro planeta. Se levantó sintiendo una argolla de metal en la cabeza, apretándole las sienes, sintiendo que una parte de él se quedaba tirada en el piso. Y cuando se tocó la frente sintió algo seco como una cáscara. “Está todo lleno de sangre”, le dijo una de las señoras. “¿Lo asaltaron, m’hijito?” le preguntaba otra. Y sólo entonces se le ocurrió buscar el pañuelo en su bolsillo, y la señora que primero le había hablado se lo tendía. “¿Busca esto?”. Él lo miró sorprendido. ¿Cómo pudieron saber ellos? No se lo imaginaba. Debían haberlo revisado completo mientras él estaba tirado en el suelo, chorreando sangre. En fin. El pañuelo estaba arrugado y sucio. Y no tenía ninguno de los billetes que había puesto enrolladitos adentro. Su reloj tampoco estaba, pero eso no le importaba mucho. ¿Qué iba a hacer sin plata? Era tan absurdo estar allí, con la cabeza cubierta de sangre seca, con las manos sucias, rodeado de esas señoras que ya parecían aburrirse y se iban a sus casas, con ese dolor de cabeza que lo mataba, que por un momento sólo quiso echarse a llorar y correr de vuelta a su casa. Pero ni para eso tenía dinero. Nada.
Comenzó a caminar de vuelta a la pensión donde había dejado un par de camisas, un par de pantalones y unas mudas de ropa interior. Y a cada paso le parecía que el mundo se venía abajo y que la calle que hacía poco rato le parecía tan linda ahora era un sueño oscuro que no terminaba nunca en la puerta que necesitaba.
Debía ser muy tarde cuando volvió, porque estaba todo a oscuras. En la puerta había un peruano fumando al que había saludado cuando llegó a la pensión. “¿Qué le pasó, hermanito?”. “Nada, gracias, buenas noches”. Y subió trastabillando los escalones. En el baño se miró al espejo y se lavó la cara y las manos, y se dio cuenta que tenía rasguños en la cara, un moretón arriba del ojo izquierdo, y un corte entre la boca y la pera. “Si mi taita me viera, pensó, me pegaría por no haberme defendido”.
Durmió hasta que lo despertó un hormigueo en el estómago. Miró por la ventana y calculó que serían más de las doce. No comía desde el almuerzo del día anterior. Sería eso. Buscó en su bolsito, y sólo encontró un par de pilchas. Miró alrededor suyo, y no había nada. No estaba la taza que había comprado, el pan, el queso, el té. Y pensar en que todo eso había desaparecido le daba más hambre. Se vistió, se fue al baño y se miró al espejo. Con esa cara, ojalá no lo tomaran preso, ojala no lo mandaran a un hospital. Salió a la calle y comenzó a caminar.
Ahora no podía recordar cuánto caminó. No podía recordar a cuántas personas les había pedido trabajo. Y todas le pedían papeles que no tenía, o le decían con cara de miedo que no tenían nada para él. Se había ofrecido para acarrear sacos, se había ofrecido para mover escombros en la construcción… hasta para contar ladrillos se ofreció, y en todas partes encontraba la misma cara y la misma respuesta.
Volvió tarde a la pensión, y sentía triplicada el hambre de la mañana. Pensó en ir a hablar con el señor que le había arrendado la pieza el día anterior y pedirle una taza de té con un pancito, pero de sólo pensarlo se le subieron los colores a la cara, así que se metió a la cama y trató de dormir. Pero era un revolcarse entre las sábanas, que no olían como las de su casa, que no se sentían como las de su casa. El hormigueo de la mañana se había convertido en un pequeño ardor en la boca del estómago, en una fatiga en las piernas, en una sequedad en el fondo de la garganta.
Cuando despertó sintió la cara sudada y apenas pudo abrir los ojos. El sol entraba a raudales por la ventana sin cortina. Y el ardor en la boca del estómago se hacía insoportable. Salió, camino, pidió trabajo, miró a las personas que comían en la vereda, vio a los mozos que pasaban con platos humeantes, con sándwich que chorreaban cosas por los costados, con bebidas. Y vio a la gente que comía sin importarle nada, como seguramente lo hacía él con los porotos de su madre, como si los porotos con riendas y longaniza fuesen lo más natural del mundo y sólo bastara con estirar la mano y tomarlos, y ni siquiera fuera necesario que alguien los preparara. Y por un minuto tuvo deseos de acercarse a un mozo y pedirle que le regalara algo. O acercarse a un señor que parecía un buen abuelo envuelto en un abrigo grueso y que leía el diario tomando un café con pasteles. Y camino dos o tres pasos hacía el abuelo, que levantó los ojos de su diario y lo miró casi con simpatía, como invitándolo a sentarse junto a él, y pedir un café con pasteles o mejor aún, unos porotos bien servidos, a cuchara pará. Pero cuando iba a dar el cuarto paso, sintió una mano en el pecho, y se encontró con un mozo que le decía que mejor siguiera caminando, que no molestara, y él sólo pudo bajar la vista, esconder su vergüenza y su hambre y balbucear un “perdón” que el ruido de los autos ahogaron.
Durmió otra noche, quizás otro día, vio el sol por su ventana, lo sintió dentro de su estómago. Quiso levantarse para volver a recorrer las calles para volver a pedir un trabajo, a rogar un trabajo, a suplicar si fuese necesario, con lágrimas corriendo que le refrescaran la cara que sentía abrasada, con una voz que mostrara el dolor y el ardor de su estómago y la debilidad de sus piernas, pero no pudo mover un solo músculo. Pensó en arrastrarse, bajar y hablar de hombre a hombre con el dueño de la pensión. Él entendería. Él lo abrazaría y le diría “hijo, no importa, siéntese y coma”, pero no podía ver la puerta, no podía ver las paredes de su pieza por más que forzaba los ojos hasta hacerlos lagrimear.
Y pensó que era sangre lo que salía de sus ojos, que era un sol lo que tenía en el estómago, y se durmió con la cabeza llena de imágenes. La señora Isabel que lo veía pasar cuando caminaba de vuelta a su casa, y que le mandaba un frasquito de dulce a su mamá, y a veces le pedía que le cortara un poco de leña, y él lo hacía feliz, sonriéndole a la señora Isabel, que era como la abuela de todos los que vivían alrededor. Y ella le daba las gracias por la leña, y le metía unas manzanas en los bolsillos, o le daba un pan amasado con queso recién cortado, o le convidaba un vasito de chicha que su marido, don Pedro, había hecho. Y entre sueños le asaltaba la imagen de su madre, los porotos con rienda, las cazuelas y las humitas, su padre y una copa de vino y el jamón serrano cortado con el cuchillo de monte. Y escuchaba las risas de su hermana, mostrando el vestido que él le había llevado desde Santiago, y la madre que le decía que cómo se iba a poner esa ropa de princesa para andar entre el barro y los chanchos y los perros, y él que le mostraba los regalos, un televisor gigante y un equipo de música, y una lavadora para que no siguiera gastando sus manos viejas en la artesa, y el sombrero nuevo para su papá, y hasta un auto blanco como las plumas de la Cabezona, su gallina regalona. Y la gallina se le subía a las piernas, y le picoteaba el estómago, buscando el sol que él tenía escondido y que le quemaba y le quemaba y le quemaba. Y él le rogaba a la gallina que siguiera picoteando, y llamaba al Tolín y al Negro para que ayudaran con sus mordiscos a la Cabezona a sacar el sol de su vientre y lo dejaran descansar. Y los perros mordían, y la Cabezona picoteaba, pero el sol no salía, parecía agrandarse hasta ser como el volcán al que había subido tantas veces con su padre a cazar liebres que asaban en la tarde, bien remojadas con vino tinto, entre las sonrisas de su madre y su hermana que tejía. Tejía calcetines para que él no pasara frío en las mañanas tan heladas de Santiago, una bufanda que le abrigara la garganta, una chomba para su espalda, un gorro que le tapara las orejas. Pero él le pedía que dejara de tejer y le prestara una hebra de lana para metérsela por la boca y amarrar el sol que tenía dentro y sacarlo a tirones. Pero su hermana no lo escuchaba, sólo sonreía. Y la Cabezona picoteaba, y los perros mordisqueaban, pero no lograban llegar al sol, y sólo lo hacían llorar de dolor.
Dos noches, tres noches, quizás cuatro con los mismos sueños. Trato de hablar para que alguien viniera a ayudarlo, a abrazarlo y llorar a su lado, pero sólo escuchó que al lado golpeaban la pared para que se callara. Así que se calló, y siguió con la cabeza llena de imágenes, hasta que su madre se confundió con su hermana y con la señora Isabel, y lo llamaban las tres que eran una y le decían que se volviera al campo, a trabajar en Montana y vivir con ellos. Y veía la cara seria de su padre, sus cejas juntas y los ojos pequeños. Y él les decía que sí, que ya iba, que apenas consiguiera sacarse el sol que se había tragado iría. Pero su padre le decía que cómo se le ocurría tragarse el sol, que seguramente por estar de ocioso como los santiaguinos, tirado en algún banco de plaza sin hacer nada se había tragado el sol, y él lloraba y le decía no papito, pedí trabajo hartas veces, y siempre me dijeron que no, y el sol crecía y crecía. Y llorando sintió que algo se rasgaba dentro, que el sol salía de su vientre y lo llenaba entero, haciéndolo arder.
domingo, 5 de octubre de 2008
Coprofagía
¿Por qué los poetas felices no son los mejores?
¿Por qué las antologías comienzan con las tragedias griegas y no con las bufonadas de Catulo?
¿Por qué Baudelaire, Rimbaud, Rilke, Whitman y todos los decadents franceses son más famosos que cualquier poeta que cante el verdor de los prados?
Coprófagos.
Eso son todos ellos. ¿Eso somos todos nosotros?
Se alimentan de su malestar del mundo, explotan su incapacidad de soportar la realidad. Se hartan de lo más feo del mundo.
Y luego nos dan de comer a nosotros.
Y otros aprendices de poetas, otras almas que juegan a la melancolía se tragan todo como si fuera maná divino, creyendo que aquello que leen es la palabra definitiva de algún profeta.
Pero no. Sólo es coprofagía. Sólo son palabras salidas de las conchas vacías de las que está lleno el universo. Sólo son la basura en la que escarbamos con la nariz humeda y los colmillos babeantes.
Sólo es coprofagía. Alimentarse de lo peor de sí mismo para tratar de engendrar algo de luz. Sólo es coprofagía. Desechos de la humanidad tratando de brillar como un diamante en un extraño cuarto oscuro.
Sólo es coprofagía. Alimentarse de la propia mierda porque es precisamente la mierda la que sirve como el mejor abono para las más hermosas flores.
CINO - Ezra Pound
¡Bah! He cantando a las mujeres en tres ciudades,
pero siempre es lo mismo;
ahora le cantaré al sol.
Labios, palabras, y ya las tienes.
Sueños, palabras, y se vuelven como joyas.
Hechizos extraños de viejas deidades,
cuervos, noches, encantamiento
y ya no están.
Se han convertido en las almas de la canción.
Ojos, sueños, labios, y la noche sigue.
Cuando vuelves otra vez al camino
ya no están.
Ellas en sus torres olvidan nuestras melodías,
que una vez siguieron la tonada del viento.
Sueñan con nosotros y
suspirando, dicen: "¡Ojalá Cino,
el apasionado Cino, el de los ojos fruncidos,
el alegre Cino, el de la pronta risa,
el del reto, el de la burla,
el frágil Cino, el más fuerte entre los suyos,
los que vagabundean por los viejos caminos bajo el sol,
ojalá Cino el del laud estuviese aquí!".
Una vez o dos al año...
Vagamente dicen así:
"¿Cino?". "¿Oh, ah, Cino Polnesi
el cantante, a ese te refieres?"
"Ah, sí, pasó por aquí una vez,
Un tío descarado, pero...
(Oh, todos esos vagabundos son iguales),
¡peste! ¿Son suyas
o de algún otro las canciones que canta?
Pero vos, mi señor, ¿de donde venís?
"Pero vos, mis señor", ¡por amor de dios!
Si saliera a la luz lo que yo sé, mi señor, vos
seríais Cino Sin Tierra, lo mismo que yo,
oh Sinistro.
He cantado a las mujeres en tres ciudades.
Pero todo es igual.
Ahora le cantaré al sol.
...¿Eh?... casi siempre tenían los ojos grises,
pero todo da igual, voy a cantarle al sol.
"¡Apolo Febo, vieja cacerola, tú
que glorificas la égida de Zeus,
escudo de acero azul, ojalá el cielo de ahí arriba
tuviera por tachón tu alegre lustre!
Apolo Febo, haz que en nuestro periplo
tu risa sea nuestra canción para el camino;
haz que tu resplandor ahuyente las preocupaciones-
¡Que las nubes y las gotas de lluvia se vayan deprisa!
siempre buscando una senda nueva
que lleve a los jardines del sol..."
He cantado a las mujeres en tres ciudades
pero todo es igual.
Voy a cantar a los pajaros blancos
en las aguas azules del cielo,
a las nubes que son como la espuma al mar.
sábado, 27 de septiembre de 2008
Tres - A mi princesa Ariadna
Perder no impide apostar - tienes que ser un milagro
Alguna vez fuiste nada más que un proyecto. Alguna vez fuiste un sueño, una idea, una ilusión envuelta en piel.
Pero hace tres años, a esta mismísima hora, estabas entre mis brazos, estabas temblando de tan pequeña que eras, estabas mirándome como quien mira algo nuevo que ha esperado por demasiado tiempo.
Y te abracé, y te envolví con mis manos, y limpié todos los restos de la oscuridad en que habías crecido, y te vestí con tus primeras ropas, y te hablé y te sonreí, y te lloré en medio de otros sueños, en medio de otros nombres.
Y desde entonces no he dejado de llorarte, desde entonces no he dejado de sonreir. En cada paso tuyo, en cada sonrisa tuya, en cada palabra tuya. Es tanto lo que has aprendido que el vértigo es inseparable de tí. Es tanto lo que has crecido que cualquier árbol sentiría envidia. Es tanto lo que has iluminado el mundo que cada vez que te eclipsas parece que todo se derrumbará.
Eso eres tú.
La luz de este mundo opaco. El orden en medio de este permanente desorden. Las lágrimas que refrescan sin dañar. Las risas que despiertan mi corazón y le hacen cantar.
Eres, a veces -algunas veces- mi reflejo en colores claros, con tonos pastel y música de "El laberinto del fauno". Eres mi pequeña ninfa, mi dulce ménade, mi sueño de una noche de verano, mi simple esperanza.
Tres veces mi deseo de retorno, tres veces mi anhelo nietzscheano de que todo vuelva, de que todo retorne, de que todo vuelva a ser, una y otra vez, infinitas veces hacia adelante, infinitas veces hacia atrás, exactamente igual de como ha sido, de como es y como será.
Tres veces tu voz es tu voz es tu voz. Tres veces el brillo de tus ojos es lo que me hace sonreir. Tres veces tú y el resto es sólo el resto. Tres veces tú, hermosa princesa mía, como las tres princesas en azul --esas de allá, de Knossos, tu tierra natal.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
Lepra
Como si el mundo tuviese lepra, se cae pedazos. Un trocito ayer, un trocito hoy, un trocito mañana.
Y miras todos los trocitos. Aquellos que tratan de sostenerse de mala gana, sin ánimo. Aquellos a los que la gravedad ya atrapó y los empuja al piso. Aquellos otros que están tirados, como parte de un decorado que hace muchos siglos sirvió para una opus magna pero que hoy espera que alguien se digne a barrer.
¿Qué hacer si quien mira los pedazos cayendo tiene una cara de otro planeta? ¿Qué hacer si parece que todo y todos te urgen a levantar los trozos y pegarlos al cuerpo al que alguna vez pertenecieron con algo que parece engrudo? ¿Qué hacer si te urgen a pegarlos de vuelta y a tí, entre sorprendido y adormecido, te da lo mismo?
Tal vez lo mejor sea abrir los brazos. Que la pila de platos que vienes sosteniendo desde hace tanto tiempo que ya lo olvidaste y que llega tan alto que acaricia las nubes se venga al suelo, y se convierta en un hermoso desastre de loza blanca.
Tal vez sea lo mejor. Tal vez sería lo mejor. Si no fuera porque casi todos los platos seguramente te caerán encima, se romperán sobre tu cabeza, y dejarán tu piel desnuda al sol, cubierta de sangrientos zurcos que manan el alquitrán que hoy corre por tus venas.
Tal vez sea lo mejor. Tal vez sería lo mejor. Si no fuera porque cada plato era un salto que dabas, era un peldaño que escalabas --hacia donde, no importaba.
Tal vez sea lo mejor. O terminar escribiendo las tres letras que nunca has podido escribir en un papel, porque nunca has llegado tan lejos, porque nunca has sido capaz de terminar nada. Tal vez escribir esas tres letras, con tu sangre, con el movimiento penduleante de tu cuerpo al extremo de la soga, con los espamos de algún manjar disfrazado de veneno.
Tal vez. Sólo tal vez.
Porque mientras el mundo siga cayéndose a pedazos, como si se tratara de un enfermo de lepra, sólo existirá como respuesta un "tal vez".
FIN
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Licantropo
Y entonces me veo corriendo, apoyado en cada una de mis patas, con la cola levantada al cielo y los colmillos asomando en mis fauces... mis fauces, rojas, húmedas, como si hubiesen bebido toda la sangre del mundo.
Me veo corriendo en las autopistas, entre los autos que pasan raudos a mi lado como balas de plata que tratasen de alcanzarme. Me veo corriendo, saltando desde la autopista a los rieles metálicos del metro, esquivando los trenes que me persiguen. Me veo corriendo, saltando sobre los vagones, lanzando los aullidos que nadie quiere escuchar, los aullidos que llenen de pesadillas sus noches tránquilas.
Me veo corriendo, saltando sobre los techos, cayendo sobre los árboles de los parques, ahuyentando a las parejas que se acarician bajo sus ropas escondidos entre las sombras. Llenando de temores los rostros de las mujeres, llenando de satisfacción las caras de los hombres que se sienten protectores.
Me veo agazapado entre los matorrales, con ese brillo de borrachera en los ojos, con la baba cayendo lentamente sobre la hierba que ha quedado maldita bajo mis pisadas.
Me veo agazapado, observando ansiosamente a las mujeres que caminan solas en medio de la noche, respirando sus olores de hembras, alimentado con ellos mis deseos. Me veo lanzándome sobre ellas, destrozando sus ropas con mis garras, provocándoles alaridos de dolor, de terror y de gozo, mientras bebo la sangre que mana abundante de todos los rincones donde mis colmillos han hecho sus estragos.
Me veo corriendo.
Me veo corriendo hasta que la luna se oculte y luego yo siga corriendo, como un simple hombre desnudo, entumido y asustado que huye al amanecer.
jueves, 11 de septiembre de 2008
Malas costumbres
Si las malas costumbres son las más persistentes, las más difíciles de desterrar, ¿no serán entonces la verdadera cara, lo que los ingenuos filósofos llaman "esencia"?
Al final, entonces, habría que amar incluso las malas costumbres...
¡Puaj! ¡Qué asco! grita la princesa imaginando la tapa del baño adornadas de gotitas...
lunes, 8 de septiembre de 2008
El cielo
¿Tomarse el cielo por asalto? Naaa... ¿Para qué? ¿Para encontrar una tropa de divinidades ebrias, danzando algunas, durmiendo otras más allá? ¿Démeter derramando sus frutos en el piso mientras rie a carcajadas? ¿Afrodita fornicando con algún extraño ser mitad algo mitad otra cosa, mientras mira de reojo a Ares que duerme agitados, rabiosos y cornudos sueños?
¿Tomarse el cielo por asalto? Tal vez. Y de esa forma pedir para mí mismo el único tipo de caída que mi soberbia tolera: estrepitosa, furibunda, de esas caídas que desgarran la piel convirtiéndola en un montón de jirones rojizos que claman por algo de agua que la refresque.
¿Tomarse el cielo por asalto? Quizás. Y entonces se encontraría el espectáculo de la desintegración del mundo con acordes wagnerianos y decorados de Andy Warhol, cantos de valquirias de siluetas amarillo encendido pegadas como etiquetas en una botella de cerveza.
¿Tomarse el cielo por asalto? No, otra vez no. Porque los milagros pequeños y sonrientes sólo se dan una vez, y convertir sus ojos encantadores en lágrimas abrazadoras sería un crimen que no me atrevo a cometer.
Ya se intentó una vez tomar el cielo por asalto, torcerle la mano al destino entre dos. Pero al torcerle la mano no le quitamos la espada, y ahora la deja caer sobre nosotros desgarrando todo alrededor.
Ya se intentó tomar el cielo por asalto, y los dioses borrachos pueden dejarte entrar por un rato a contemplar su triste apariencia, a sentir su temible hedor, a escuchar sus cantos que parecen carcajadas de hienas. Pero luego toman su venganza. Como no te invitaron ellos a sus fiestas, te expulsan a patadas del Olimpo, para terminar cayendo más hondo que Sísifo y quedar más deforme que Hefestos.
Ya se intentó tomar el cielo por asalto, y puesto que el camino es árduo y escarpado, puesto que los montes se elevan como muros de roca impenetrable, las energías se agotan y luego no se puede aguantar la posición.
¿Tomarse el cielo por asalto? Sólo para ver a Cronos, devorando infinitamente a sus hijos, devorándonos infinitamente a nosotros, inmerecidos bastardos suyos.
jueves, 17 de julio de 2008
Despedida
"El camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría"
William Blake
Hay otras pegas por hacer, así que ¡adios!, al menos por un largo rato.
domingo, 1 de junio de 2008
Un día en la vida de Juan Cartes
Se levanta arrastrando las piernas para llegar al baño. Se sienta y enciende el primer cigarro del día. Entre el humo y los párpados que apenas levanta, ve borroso, pero a pesar de eso toma el grueso libro que dejó la noche anterior sobre el estanque.
“Estoy llegando al final. Hace exactamente un año, en el mes de mayo, se presentó —¿irán a tomar la prueba hoy? ¿y si no voy?— nuestro inquilino para anunciar a mi abuela que debía regresar a Moscú —Moscú… preferiría mil veces tirarme en las arenas de una playa cualquiera, pérdida en las islas griegas… pero para eso hay que ganarse el loto o el kino…— por un año, ya que había resuelto los asuntos que aquí le trajeron. Al oírlo, palidecí y me desplomé como muerta —como muerta, como muerto, como muerto… eso es canibalismo o necrofilia…— en una silla. Mi abuela no se dio cuenta de nada; y él, después de declarar que dejaba la casa libre, saludó y se fue.
¿Cuál debía ser mi actitud? Tras de pensarlo mucho y de sufrir todavía más, acabé por decidirme. Como él se iba…” —mejor ducharse de una vez por todas, piensa.
Tira el resto del cigarro en la taza, y corre la cortina. Abre la ducha y se saca la polera. Se mete en la tina y siente el chorro de agua caer sobre su cabeza. Se agacha para tomar el frasco del champú y siente mil agujas tibias en su espalda. Se queda así un momento, poniendo champú en su mano y luego echándolo en su cabeza. Cuando tiene bastante espuma, se la esparce en las axilas, en las ingles, en todo el cuerpo, y comienza a dar vueltas dentro de la tina, para que el agua le recorra por todas partes, mientras una melodía le da vueltas por la cabeza. Hace días que la tiene ahí, encerrada en su cabeza y no es capaz de hacerla salir. No puede anotarla, ha intentado desde hace días ponerle una letra para cantar mientras camina hacia el metro, pero no puede. Así que comienza a tararear. Tararán- tararán- tararán- tararán- tararán. Imagina las cuerdas de un bajo —ese que nunca ha tenido— marcando el tararán hasta el infinito, mientras él canta la letra, que todavía no es capaz de escribir… “el único error, el que cometí una vez”… no, no calza.
Cierra la llave y comienza a secarse, rápido porque siente el frío en la espalda. Se pone la polera con que durmió y se va a su dormitorio. Abre el cajón y saca un par de calzoncillos limpios, calcetines. Abre el closet y saca sus pantalones negros, la camisa gris oscura, y a última hora decide tomar una camiseta. Se viste y luego va a la cocina.
Pone el hervidor, toma su taza negra del mueble que cuelga de la pared, y sigue repitiéndose la melodía en la cabeza. “Sin música la vida sería un error”, cita mentalmente, y sonríe. Con música la vida es peor, piensa para él. Se prepara un sándwich, se sirve el café, y come apoyado en el lavaplatos. Sólo escucha el leve ronquido de su padre en el dormitorio. Daniela. ¿Irá a clases hoy? Si no va, será un día perdido, piensa. Ir a la universidad a dar una prueba que no quiere dar, para la que no ha estudiado ni dos líneas, sólo por verla… sería un día tirado a la basura. Así y todo da el último sorbo rápido al café y deja la taza para ir a su pieza, tomar su chaqueta, su bolso con libros, su libreta, sus discos, y sale de la casa. Camina al metro con los audífonos puestos, con el volumen al máximo, y canta como si estuviera solo en su dormitorio. “I’ve been waiting for a guide to come and take me by the hand / Could this sensations make me feel the pleasures of a normal man?” Dentro del vagón se calla. Mira a la gente alrededor, siente el olor a pelo mojado en algunas mujeres. Siente el olor a larga noche en otros. Mira a la gente alrededor y sólo ve caras somnolientas. Unos escuchan música, como él. Otros pocos leen. Mueve la cabeza, fuerza los ojos tratando de ver las portadas de los libros. Nada interesante. Imbéciles, piensa, leen mierda como si fuera palabra sagrada. Mira el diario de un anciano que va sentado junto a él. Nada interesante una vez más. Choques, políticos idiotas. Todos los días lo mismo. Todos los días nada. Finalmente se baja y camina con pasos largos a la universidad. Entra en su sala y ve a todos sentados con cara de buenos niños somnolientos que miran al profesor. Se saca los audífonos y se sienta en la primera silla que ve vacía. Tiene que volver a pararse para tomar la hoja que le estira el profesor.
“Mierda”, dice moviendo apenas los labios, cuando comienza a leer las preguntas. Al menos escribe el nombre, al principio de la hoja. “Juan Cartes”. “Algún día mi nombre irá ligado a algo grande” recuerda haber leído en algún libro. Pero esa frase no ayuda a contestar las preguntas que lo miran burlonas desde el papel.
De a poco, sin embargo, comienza a tener pequeños destellos de lo que ha escuchado hablar en clases. Y comienza a escribir guiándose más por la melodía que aún le da vueltas por la cabeza que por la idea de saber algo. Escribe una hoja. Pide otra al profesor. La llena en un par de minutos. Siente un dolor un poco más arriba de la muñeca por lo rápido que ha escrito. Pide una tercera hoja. Estira los dedos un poco antes de tomar aire y volver a largarse. Cuando termina, cuando ya le parece que habría sido capaz de escribir una vez más la biblia entera, pone “Juan Cartes” a modo de firma al final de la hoja, se levanta con sus cosas en la mano y le entrega los papeles al profesor. Mientras sale puede ver las caras de sus compañeros que lo miran desde los asientos con algo de sorpresa.
En el quiosco que está al medio del patio pide un café. Prende un cigarro. Mira el cielo que está sin ninguna nube, pero siente un escalofrío porque el sol no calienta nada y el edificio parece hecho para conservar el conocimiento a la temperatura más baja posible.
Dos suaves golpes en el hombro.
Hola, Juan. Mira a Rodrigo y sonríe. No te vi en la sala, le contesta. Se nota que no viste a nadie. Parecías un poseso.
Caminan hacia una banca. Se sientan al sol. ¿Qué es de Daniela? Pregunta Rodrigo. No lo sé, contesta Juan Cartes. No la he visto desde la semana pasada. No tengo su número, no sé su dirección. Nada. Rodrigo sólo lo mira y dice “mmm” como si fuera el Dr. Watson atando cabos sueltos. Dame un pucho. Juan Cartes saca su cajetilla y se la pasa junto al encendedor. ¡Qué frío de mierda que hace! dice Rodrigo, y Juan mirando hacia la entrada sólo contesta “la cagó”.
Me voy mañana, dice de golpe Rodrigo. Con la Claudia. ¿Me estás hueviando? le pregunta Juan Cartes buscando la broma en su cara. No. Me voy en serio.
Mira hacia el fondo del patio, de donde comienzan a aparecer de a uno, como migajas, sus compañeros, y a algunos los saluda a lo lejos con un movimiento de cabeza mientras piensa en el maldito Grial.
Yo todavía no entiendo cómo alguien que no cree se larga a buscar el Grial, le dice a Rodrigo.
Rodrigo sonríe como siempre, con sus dos mechones colgando encima de la frente, con su enorme nariz un poco arrugada, y mostrando todos los dientes de arriba, incluso un par de colmillos medio vampirezcos que se asoman.
Lo que pasa, le dice, es que tú estás pensando en la copa de Jesús, en la última cena y en esas cosas. Yo voy a buscar una piedra.
¿Y de donde mierda sacas tú que esa piedra está de Farellones pa’rriba?
A ver… el Grial pasó por muchas manos, hasta que llegó a Saint-Exupery… ¿El del Principito? ¿Conoces a otro? Bueno, cuando Saint-Exupery murió se lo entregó a un amigo que era aviador como él, y que terminó haciendo la ruta de correo entre Argentina y Chile. Hasta que se estrelló en la cordillera. Varios días después, un arriero lo encontró. Con barba, la ropa pa’la cagá, pero sano como una lechuga, sin cara de haber pasado hambre. Ese aviador tenía el Grial y el Grial lo cuidó mientras estaba arriba. Pero el arriero lo encontró sin una miserable mochila. ¿Por qué? Simple, porque dejó el Grial escondido en la cordillera, entre el lugar en que se estrelló el avión y el lugar en que lo encontró el arriero. Y el arriero lo encontró como cinco kilómetros más arriba de Farellones.
Yaaa. ¿Y eso está documentado?
Si lo estuviera, tendríamos la cordillera llena de huevones buscando como idiotas en cuatro patas.
¿Y entonces?
Entonces nada, es una hipótesis interesante. Y hay que ver si es cierta.
¿Y te vas a llevar a la Claudia a la cordillera a caminar entre piedras y comer cactus por una huevada de hipótesis?
Rodrigo de nuevo sonríe. No hay nada, dijo, que sirva más para estas cosas que una mujer. Por algo no creo en un mesías célibe. Nadie puede salvar el mundo sin una mujer al lado.
Juan Cartes sonríe. Mira a Rodrigo y piensa que está chiflado, y piensa que aunque se empeñe, aunque lo encadene a la banca donde están sentados, igual partiría a recorrer los cerros con la banca a la rastra. ¿Cuánto tiempo piensas estar allá arriba?
Su cara se puso sombría. No creo que vuelva, contestó. Y me alargó un sobre. Si en diez días no vuelvo a aparecer por acá, puedes abrirla. Si he vuelto antes, te lo pido de vuelta y la que te espera si lo has abierto. Chao.
Y Juan Cartes se quedó mirando como Rodrigo se alejaba.
Tira el vaso a la basura, y ve a Daniela que viene caminando hacia él. Se levanta, camina hasta ella, la toma de la cintura y la besa. ¿Qué le pasa? Tiene carita de pena, dice ella. Rodrigo se va mañana, y creo que no va a volver, le contestó metiéndose el sobre en el bolsillo de la chaqueta.lunes, 19 de mayo de 2008
Desintegración
—o el sueño del dios Pan—
Hundirse.
Disolverse. Convertirse de golpe en pequeños terrones, como los que forman la tierra sobre la que está parado. Convertirse de golpe en las hojas del árbol que le da sombra. Convertirse en el fieltro que tapiza la silla en la que está sentado. Convertirse en el plástico que forma las teclas que presionan sus dedos mientras escribe. Convertirse en el aire que le desordena el pelo. Convertirse en el pucho que tiene entre sus labios. Convertirse en el humo tibio que sale de su nariz, de entre sus labios. Convertirse en Nada, para ser parte de Todo y poder llegar a ser Algo. Convertirse en Nada, junto a todo y a todos lo que lo rodean, para llegar algún día a ser parte de Todo, para llegar al menos a ser, aunque sea por un breve momento, Algo.
"es preciso llevar aún algún caos dentro de sí para poder engendrar estrellas danzarinas", se repite.
"es preciso llevar aún algún caos dentro de sí para poder engendrar estrellas danzarinas", se repite una y otra vez.
Y entonces piensa que como no es posible pasar a ser parte de la tierra que pisa, del aire que respira, del fuego que le quema entero por dentro, como no puede hundir su cuerpo, fundirlo, disolverlo y disgregarlo para que así se hunda se funda se disuelva y se disgregue su mente, entonces sueña con convertir todo en un hermoso caos lumínoso, en un mundo de hermosas formas que desaparecen, en un universo lleno de estelas luminosas que se alejan en el ocaso absorvidas por la oscuridad.
"es preciso llevar aún algún caos dentro de sí para poder engendrar estrellas danzarinas", se repite.
Sueña con convertir el lindo esfuerzo de un arquitecto en un montón de fierros, ladrillos rotos, trocitos de vidrio, jirones de papel mural, tuberías sangrantes de agua turbia, puertas que ya no tienen vanos que cubrir...
Sueña con convertir un museo en un barrio rojo, que la perla del mercado se convierta en una viñeta de historieta porno, que las esculturas aparezcan de pronto como licantropos alados, que recorran los pasillos espantando a los pocos visitantes que no estén fornicando tras los lienzos; que las mujeres de piedra que sostienen los pilares del techo se conviertan en lascivas prostitutas que ofrecen sus encantos por un par de monedas y un cigarro.
Sueña con ver las calles convertidas en trincheras, donde todos corren para esconderse de los lanzadores de basura, de los que combaten arrojándose restos de comida, envases de pollo para servirse y llevar, vasos plásticos con restos de hielo y una pajita asomando. Sueña con ver a un niño que ha convertido el tirante de su bolsón en una boleadora que lanza membrillos aplastados, cuadernos arrepollados, lápices sin punta, estuches con el cierre roto, corbatas convertidas en tiras, zapatos negros relucientes con la suela cubierta de mierda.
Y mientras sueña todo eso se repite que es necesario llevar aún algún caos dentro de sí para engendrar estrellas danzarinas.
Sueña y se repite la frase como un mantra, sueña y se repite la frase como si la estrella fuera a salir de su cabeza, envuelta en una mucosidad transparente que velará su brillo por un momento, por el tiempo que él necesita para limpiarla y pulirla.
Sueña con verse a sí mismo convertido en algo distinto. Y como no puede imaginar qué, se imagina con su brazo derecho saliendo de entre sus omóplatos, su brazo izquierdo asomando entre sus ingles. Su pierna derecha saliendo de dentro de su ombligo, pero de dentro, no en reemplazo de su ombligo. Su pierna izquierda colgando de la nariz. Y como no le deja comer, su boca se ha movido a la palma de su mano izquierda, y entonces cada vez que fuma parece que estuviera aplaudiendo. Trata de imaginar donde estarían sus ojos, y termina por ubicarlos en su nuca, cubiertos por el largo pelo que cae liso como crines de caballo enfermo, impidiéndole ver el desastre que acaba de regalar al mundo.
Sueña luego con su cuerpo recompuesto. Así, todos y cada uno de los canallas e imbéciles que no entienden que ese desorden, ese caos, esa desarmonía es el más precioso regalo que puede hacerles podrán crucificarlo como corresponde, como aparece en todos los manuales, en todas las ilustraciones, en todos las guías de "hágalo usted mismo".
"es preciso llevar aún algún caos dentro de sí para poder engendrar estrellas danzarinas", se repite mientras el cielo se cubre de nubes negras y pesadas, mientras tiembla la tierra a sus pies que en realidad son los pies de la cruz, mientras la cortina del templo se desgarra y las tumbas se abren y los cuerpos de unos pocos idiotas se levantan de la muerte que en realidad han sido unas plácidas vacaciones, mientras las pálidas mujeres lloran y los cobardes discípulos que nunca tuvo se esconden como los otros a lamer lenguas de fuego que caen sobre ellos.
martes, 15 de abril de 2008
Reencuentro
Un tipo toma a otro del brazo. ¡Zúñiga hombre! ¡Tanto tiempo! El otro lo mira al principio desconcertado, con los ojos semicerrados, como si fuera miope y tratara de distinguir alguna sombra en medio de la noche. ¿Carvajal? ¡El mismo poh 'on! Se estrechan la mano, se sonríen. Y de pronto los años pasados sin verse, que ninguno de los dos podría precisar, se interponen congelando las risas en sus caras.
¿Y qué ha sido de tu vida 'on?, pregunta Carvajal. No mucho.Trabajar, y... eso. ¿Y tú?
Carvajal pone cara de problema, pero luego abruptamente sonríe. Me separé, hue'ón, hace poquito.
¿Y tú cuando te habías casado?
Pfff... ¿no te acuerdas de la Valeria, la Valeria Cáceres? con ella, poh.
Cáceres, mmm... no, no me suena. Zúñiga mira a Carvajal fijamente, como preguntándole si está seguro de no haberse equivocado de nombre. Carvajal lo mira como preguntándose cómo se pudo olvidar de ella si hace "apenas" 10 años que dejaron de trabajar juntos. ¿Estás seguro que ella estaba cuando yo me fui de la empresa?
Claro poh hue'ón. De eso sí estoy seguro. Acuérdate que cuando ella entró salimos un día todos, y voh andabai... esa vez que casi te fuiste arrancando porque la cabra esta... ¿cómo se llamaba?... bueno, no importa, esa cabra que te andaba persiguiendo por toda la pista... Ahí yo ya andaba con la Vale.
Zúñiga insiste en su mirada. No, no me acuerdo, pero no importa... ¿cuándo te separaste?
Lo pregunta como al pasar. Como si quisiera dejarle claro a Carvajal que al no haber conocido a la novia le importa un carajo su separación. Y mientras tanto, sus ojos se van hacia adentro, se ve a sí mismo con bastantes canas menos, con la barba negra en lugar de gris, con las cejas menos espesas, con menos kilos, con los gestos un poco más agiles, no tan duros como si de madera se tratara. Y ve a Valeria. La ve riéndose en la oficina mientras conversa con sus compañeras. La escucha a lo lejos, a diez años de distancia, con su pelo negro como una negra noche, con sus ojos oscuros detrás de unos pequeños anteojos, con su nariz picuda que parecía apuntar a su sonrisa amplia y ruidosa. ¿Cómo no recordarla? Pero Carvajal habla tanto que su imagen casi se borra. La niña que necesitaba apoyo y brazos que la contuvieran se convierte en su relato en una mujer insegura. Su voz que no paraba de hablar y hablar, de lo que fuera, se convierte en las palabras de Carvajal en una homilía de lamentos sin fin. Hasta su cuerpo, que el siempre ha recordado como una voluptuosa trampa en la que muchas veces estuvo a punto de caer se transforma en una mujer torpemente desnuda que vocifera porque su marido -Carvajal- no es capaz de apagar las llamas que la inflaman. ¿Cómo ella pudo llegar a vivir con ese tipo que sólo tiene boca para empequeñecer? ¿Cómo ella pudo atarse a un payaso cuya boca sólo sirve para convertir a un dios del olimpo en una piedra sobre la arena? Es lo que nunca entendió. Y es lo que sigue sin entender. Y es lo que tal vez, en realidad, terminó enterrándola en el fondo de su cabeza.
-...pero ahora ando con una minita filete, que te dejaría enfermo de los nervios... Oye, ¿y tú nunca te casaste?
-No. Nunca.
Zúñiga lo mira seriamente, y Carvajal por un minuto piensa que ha sido una mala pregunta y que su antiguo amigo se ha convertido en un amargado... pero en seguida retoma las risas torpes.
-¡Al menos te salvaste de lo que es separarse!
Y Zúñiga piensa que si no fuera porque a estas alturas ya nada tiene sentido, si no fuera porque el tiempo pasó hace mucho y que ya lo único que queda por esperar es que lo años avancen arrastrándose uno tras otro tal como lo han hecho hasta ahora, podría tomar a Carvajal del cuello y hundirlo en el polvo. Pero no es necesario. Carvajal ya está hundido. Y en su propia mierda.
-Tengo que hacer viejito, nos vemos.
Y mientras Carvajal queda con la mitad de la frase en la boca, Zúñiga avanza rapidamente por la calle, sin mirar hacia atrás, como ha venido haciendo todos estos años. Y como seguramente seguirá haciendo.
viernes, 4 de abril de 2008
Caballos
Dos caballos corren, uno junto al otro. Son tan parecidos que se podría pensar que son el mismo.
Pasan junto a la línea del tren, que en ese sector describe una ligera curva. Uno de los caballos golpea con uno de sus cascos un tarro con flores que alguien ha dejado junto a la vía. ¿Recuerdo para algún muerto? Puede ser. ¿Homenaje de amor a una campesina del sector? Quizás. Sea como sea, el agua que había en el tarro ya ha tomado el color de la tierra, ya ha desaparecido casi toda luego de dejar una lengua humeda y oscura sobre el polvo, con dos burbujas que no tardarán en desaparecer. De las cuatro flores, tres eran rojas y una era blanca. Dos de las rojas permanecen en el tarro. La blanca ha rodado hasta quedar junto a un durmiente, y la roja casi ha desaparecido. Sólo queda el tallo con dos petalos, mientras el resto está semi hundido en la tierra, descolorido por el polvo.
Pero a los caballos no les importa. Ni siquiera les importó que el tarro hubiese perdido su etiqueta, y que sólo mostrara unas estrías de metal. Ellos siguen su carrera. Luego de saltar la vía siguen por terrenos incultos, donde de tanto en tanto aparece un alto árbol, arbustos por acá, zarzas y moras más allá. Pasan junto a tres altos árboles, y alborotan aún más una reunión de tricahues. Pasan junto a una vertiente, y sus patas convierten la claridad en un líquido sucio que nadie beberá.
¿Hacia donde van? Nadie podría decirlo. ¿De qué huyen? Nadie sabe en realidad. Quizás ni siquiera huyan, tal vez sólo corran por placer, por el placer de sentir los músculos tensos y afiebrados, por el placer de sentir el pelaje y los hijares humedos de sudor, por el placer de alborotar a su paso todo lo que tocan, rasgando la alfombra verde que forma el pasto, alejando a las aves de sus árboles, asustando a los roedores que se esconden entre las raíces, ensuciando el agua, destruyendo las flores, saltando las vías, rompiendo un pequeño y modesto altar...
Tal vez ni siquiera existan los caballos. Tal vez no sean más que mis ojos, que se apuran en llegar a esas dos colinas lejanas, esas colinas que apenas distingo desde acá.
miércoles, 2 de abril de 2008
Ya es vicio
Ella lo mira. Lo mira por debajo de las pestañas, con una sonrisa en los labios mientras comienza a desabotonarse la blusa poco a poco, sin apuro. Su chaqueta ya está en el piso, al lado de sus pies. Su cartera quedó hace mucho tirada en el pasillo, junto a la puerta que sólo gracias al impulso cerró completa. Cuando todavía no ha llegado al último botón, y sin embargo se puede ver el nacimiento de sus pechos abultados, levanta la barbilla y parece desafiarlo. Él piensa, desde la cama, semirecostado, desde donde la mira, que ella sabe que eso lo excita. Él piensa que debiera dejar que la sangre que parece atorarse a la altura de su cinturón y que lucha freneticamente por avanzar más abajo corra libremente y llene todos los espacios aún vacios de su cuerpo. Pero sólo la mira. No puede hacer otra cosa.
Retrocede en el día y se ve despertando tarde, cerca de las 12, con la cabeza revuelta de tanto dormir, con los párpados pegados uno contra el otro. Se ve trastabillando hasta la ducha, donde abre la llave para dejar salir el chorro caliente (ella ha dejado el calefon prendido para él antes de irse a la oficina). Se ve arrastrando por la cocina el cordón del hervidor, llenando éste de agua, para luego, al enchufarlo, darse cuenta que el termo está cerrado y lleno de agua caliente para su café.
Y así, recorre todo su día. El almuerzo tardío (cerca de las 4), hecho solo de frutas porque no tuvo ganas o valor para ponerse a cocinar. Los cigarrillos que desfilaron uno detrás del otro, hasta que se detuvo para no quedarse sin tabaco. Los vasos de agua que tragaba como un pérdido en el desierto, para tratar de paliar un poco el calor que sentía y todo lo que le resecaba los labios el humo.
Se ve a sí mismo sentado, frente a la pantalla, sabiendo que no podrá escribir una sola línea, sabiendo que no hay ninguna historia tomando forma en su cabeza, sabiendo que no hay ninguna vida llena de dolores, pereza, alegría, esperanzas y fracasos armándose en su imaginación. Y sin embargo, como un niño aburrido, apreta las teclas como si fueran las de un piano, esperando que la S se convierta en un DO, que la L se transforme en un Sol.
Se ve a sí mismo tendido en el escritorio, con un par de libros al lado, con un cenicero lleno y otro a medio llenar junto a sus piernas, con un vaso y un jarro vacío al lado de su brazo. Y se ve temiendo que llegará la noche, y con la noche la vergüenza, el saber que no ha sido capaz de nada una vez más y que sin embargo lo ha disfrutado. Con la noche llega ella, y sus ojos que pierden el brillo cuando escucha que él ni siquiera ha podido escribirle un par de versos con los que pagar en alguna medida el techo, la comida, la ropa, los cigarros...
Pero ella llega directamente a lo suyo, y lo mira con atrevimiento, como diciendo "ven a buscar", y el recuerda todas las otras noches de este mes (que han sido casi todas) en que cambiando las caras, las actitudes, las poses y la ropa, la escena se ha repetido. Y recuerda que todas esas noches acaba por tomarla en sus brazos, abrazarla y besarla, acaba por terminar el trabajo que ella ha comenzado, y dejar el dormitorio sembrado de prendas, hasta que unos cuadros chiquitos, muy chiquitos cuelguen como pantalla de la lámpara. Y recuerda que todas las noches la ha besado con la boca muy abierta, como queriendo tragar su cuerpo entero, mientras sus manos recorren ansiosa y golosamente los pechos de ella, las caderas de ella, las piernas de ella, mientras su respiración se agita y su piel se pone de gallina como si la hubiera invadido el frío o el terror.
Y se recuerda jugando con los pezones de ella entre sus dedos, bajando con sus besos y su lengua hasta su ombligo, hasta su pubis, y se recuerda tironeando suavemente con los dientes de sus cortos bellos negros y gruesos. Y su lengua perdiéndose entre sus labios, provocando un caudal de olorosos jugos que su boca trata de recoger, mientras sus dedos urgan entre sus nalgas, tratando de arrancarle un último alarido. Pero recuerda que no es tan facil. Recuerda que debe levantarse, poner su pelvis a la altura de su frente, para que ella tome su miembro con la mano derecha y con la izquierda aprete sus nalgas atrayéndolo hacia ella, para meterlo todo en su boca, y lamerlo y chuparlo, mordisquearlo suavemente, haciéndolo más grande y más rojo. Y recuerda que ese rito dura demasiado. Dura hasta que siente un hormigueo en la espalda, un escalofrío recorriendo su espalda desde la cintura a la nuca, y entonces la aparta de sí, y pasea su miembro por su vientre, lo hace bailar en la entrada de su vagina, mientras mira los dientes de ella que se muerde los labios. Y recuerda que es ella la que luego pide "métemelo, métemelo, métemelo todo", y entonces él avanza su cadera hasta que siente el pubis de ella contra el suyo, hasta que siente su miembro envuelto en una tibia y húmeda piel que palpita ansiosa. "Así, más fuerte, así, uuuuuuu", y la toma de las piernas mientras sigue avanzando y retrocediendo, infinitas veces hacia adelante, infinitas veces hacia atrás, y mientras besa el cuello de ella escucha un gemido largo y grave, como si algo se hubiera desgarrado en su interior. Y recuerda que sólo entonces él puede terminar, al sentir un rio desbordando en sus piernas, y una mano invisible que lo toma de la nuca y lo hunde en un aire pesado que no se puede respirar, y que pareciera envolver todo en el cuarto. Así que cierra los ojos, y se queda respirando pesadamente en el hombro de ella.
Y mientras ha recordado todo eso ella ya ha terminado de quitarse la blusa, ha desabrochado su sostén, que con un ligero vaivén oculta y al mismo tiempo deja ver sus pechos redondos, duros. Entonces él se levanta. Da la vuelta entera a la cama, y al pasar junto al closet toma una bata de satín rosa que pone sobre los hombros de ella. Le da un beso en el cuello, y mientras sale del dormitorio sólo atina a decirle que hoy no, que ya es demasiado, que ya es vicio.
lunes, 31 de marzo de 2008
Viejo SO-BER-BIO
Gracias por el almuerzo. Estaba rico. Además, hace tiempo que no nos juntábamos todos para almorzar. Pero yo creo que mejor empiezan a hablar claro al tiro. Ná de rodeos ni de irse por las ramas. Porque estaré viejo, pero hue'ón no soy... Ustedes no se van a venir a aburrir a mi casa un domingo sólo por el placer de almorzar con el papá o con el suegro. Ni cagando.
¡Pero si miren la cara de hue'ones que ponen! ¡Como si no los conociera! A voh, Marcela, hace tiempo que te tengo entre cejas. Me llamas, que papito pa'llá, que papito pa'cá, y como que no quiere la cosa, me llenas de indirectas y preguntas imbéciles que hasta el ahue'onado de tu crío entendería pa'onde van. Y este mat'e cachas que tenih por marido, que viene aquí el hue'ón a tomarse mi vino ni siquiera por eso te ataja. Seguro que él anda detrás de todo esto. Se cree vivo el hue'ón, y en realidad es tan pajaro que se casó contigo.
No me pongas esa cara, Roberto. Tu hermana es una fresca de raja, y punto. Y tú no eres más fresco que ella sólo porque tenih esa mujer al lado. Porque la Paula será una bruja de mierda insoportable, pero al menos es decente. ¿Cómo? ¿Qué no hable tanta grosería? ¿Y de cuando están tan delicados los hue'ones? Podrían haberse puesto así de delicados antes de ponerse de acuerdo en venir hoy día a mi casa a hueviarme. Hablen ahora poh, a ver... ¡hablen las mierdas!. ¿Qué chucha es lo que se traen entre manos? ¿Quieren que me vaya a esa hue'a de hogar que la Marcela me ha estado pintando en colores? ¿Quieren que les deje esta casa? ¿Pa'qué? ¿Para arrendarla y repartirse la plata? ¿Para venderla? ¡Lindo negocio harían! Si no parecen hijos mios de lo hue'ones que son. Dos días con cue'a les duraría la plata en los bolsillos. Voh Marcela le terminaríai pasando toda la plata a este hue'ón cafiche que tenih de marido, pa'que de yapa te termine cagando. ¿Qué me venih a abrir las pepas? Seguro que el hue'ón se culea a la secretaría en la oficina, mientras voh en la casa estai como hue'ona hablando por teléfono. ¿Qué no me vai a permitir qué? ¿Y quién chucha soi voh pa' venir a decirme qué hue'a puedo hablar en mi casa? Si tenih cara de caliente poh hue'ón. ¿O vai a venir voh a enseñarme cómo reconocer a un putero de mierda? Y voh Roberto, no te riai ná mucho. Porque a voh tampoco te duraría mucho más la plata. Esta bruja culiá que teníh de mujer te la haría cagar comprándose hue'as de perfumes y ropa. O ese par de vagos que tenih de hijos y que van a la universidad a puro buscar minas pa' pescárselas te dejarían más encalillado de lo que estai hoy día.
¡Déjense de huevadas! ¿Por qué no se van un rato los cuatro a las rechuchas?
Claro, que tienen problemas, que están apurados. ¡Obvio poh hue'ón! ¡La media novedad! Si los arribistas de mierda tienen que comprarle todas las hue'as que los cabros culia'os quieren, tienen que cambiar el auto todos los años y les importa una hue'a el resto del mundo.
No, cabritos. Están mal de la cabeza. Estaré cagado de otros lados... a lo mejor ya ni se me para, pero pañales todavía no tengo que ocupar y no va a venir un cuarteto de hue'ones como ustedes a tratar de cagarme con lo poco que me queda de vida.
¿Qué? ¿Qué quieren la mitad de la casa que era de tu mamá? Estos sí que son hue'ones. ¡Cuando yo me muera, mierda! ¡Antes ni cagando! ¡¿Escucharon?! ¡Van a tener que esperar a que yo me muera para poder hacer las hue'as que tienen en la cabeza! Por mientras, sigan gastando la plata que no tienen en encalillarse.
Miren los hue'ones... si no fuera por mi vieja que en paz descanse y porque tienen que dejarme la cocina limpia, los mandaría a la conch'esumadre... a los cuatro juntos, al tiro. ¿Me escucharon? A la conch'esuma'ahh... Uhh... Grrr...
24 horas más tarde, a la salida de un velorio expreso en la parroquía de la esquina, Roberto y Marcela no logran ponerse de acuerdo si la casa la arrendarán o definitivamente la venderán.
Sin Celular
Hoy cumplo un mes sin celular. Y debo reconocer que la primera semana fue terrible.
Al comienzo me invadió la sensación que algo me faltaba. A eso se sumó un incremento del apetito. Así, comía más, sudaba más, movía freneticamente el pie haciendo creer a todo el mundo alrededor que estaba temblando. Creo que incluso estaba un poco más irritable, sobre todo cuando alguien mencionaba el aparato en cuestión.
Pero luego de esa semana todo comenzó a normalizarse. E incluso un par de cosas han mejorado. Antes, había dos cosas que hacía juntas cuando tenía que caminar, aunque no fuese más que un par de cuadras: fumar y hablar por teléfono. Ahora, como no tengo teléfono, fumo más. ¿Qué si eso es positivo? Por supuesto. Porque no sólo ha aumentado la cantidad, sino también la calidad. No compro mejores cigarros, o más caros, sino simplemente que fumo con más calma, disfrutando el humo en la garganta y la nicotina corriendo por las venas.
Por otro lado, han mejorado mis fines de semana. Ahora, los sábados y domingos puedo hacer mis cosas tranquilo, sin toquetearme a cada minuto el bolsillo pensando que algún pequeño objeto comenzó a vibrar. No tengo que andar escondiéndolo para dormir la siesta, no tengo que preocuparme que un diminuto ser humano lo haya chupeteado y mordisqueado hasta dejarlo inservible. Eso sí, las horas en la oficina han aumentado. Pareciera que mi jefa, sabiendo que ya no podrá llamarme para preguntar por el detalle que se le olvidó, me retiene cerca de ella hasta que ya no queda nada más por preguntar, ninguna tarea por asignar, ninguna nimiedad por la que preguntar.
En el metro, en lugar de ir contestando llamadas, leo. Historias de un jugador de fútbol, de un joven que sale de vacaciones con su padre, una mujerzuela que asesina a un cantante, los delirante diálogos de un fantasma con un necrofilo. Y cuando no tengo qué leer, escribo. Una historia que poco agarra forma, que al principio parecía un racontto de vida universitaria, pero que de pronto toma vida propia; cuyos personajes comienzan a hacer lo que ellos quieren y no lo que yo planeo que hagan, y que espero en algún minuto tenga tres letras al pie de la última página.
Mientras tanto, disfruto mi vida sin celular.
¡Te extraño!
martes, 11 de marzo de 2008
Resumen de Lecturas
En diciembre me hice socio de la Biblioteca de Santiago. Notable acontecimiento. Desde entonces, la cantidad de cosas nuevas que he leído ha crecido exponencialmente (lo que tampoco es mucho decir, puesto que hasta ese momento sólo leía los libros que tenía en mi casa, muchos de los cuales ya había leído al menos un par de veces).
El primer libro que saqué, para llevarlo como compañero de vacaciones fue "Los detectives salvajes". Tiempo hacía que me daba vueltas el nombre de Bolaño en la cabeza (sobre todo después de su muerte... salvo pequeñas excepciones, detesto los escritores vivos) y decidí llevarlo conmigo a la costa. La verdad es que es un volumen alucinante. El desorden aparente, el frenesí del relato, la cotidianeidad convertida en aventura, y los sucesos que llamaríamos aventura contados como si fueran lo cotidiano, lo hacen un libro altamente recomendable. Lástima que "Putas asesinas" esté siempre prestado, porque creo que es una interesante misión leer algo más del casi-chileno escritor.
Luego, apareció por mi casa "Baudolino". Si se hiciera una competencia de cuántas veces se ha leído "El péndulo de Foucault", ganaría por goleada. No es mi libro favorito. Es cierto que me gusta, pero es como el cigarro... si bien me gusta, muchas veces lo tengo en los labíos por la costumbre de fumar, y por la necesidad de sentir la nicotina corriendo por las venas. Por eso, cuando ví la última novela de Eco en el estante, no dude un segundo. Y no tardé un día en decepcionarme. Creo, en todo caso, que la culpa es mía. Las expectativas eran demasiado altas, considerando el antecedente del "Péndulo". El libro es entretenido, tiene un ritmo relativamente ágil (aunque a veces uno pensaría que hay mucho larguísimo párrafo que se podría acortar y que bajaría en unas 200 el total de páginas, y que sólo son el fruto de la verdadera lujuría que siente el autor por las palabras y sus combinaciones...). Pero es sobre todo no recomendable para aquellos que hayan leído "El Péndulo" poco tiempo atrás y les haya gustado (y tengan buena memoria): las citas veladas son muchas, las referencias entre líneas al péndulo son demasiadas (baste con decir que el reino del Preste Juan, centro temático de "Baudolino", aparece en el péndulo más de una vez).
Picado, ataqué con "El nombre de la Rosa", del mismo Eco. Imposible no llenarse la cabeza con las imágenes de la película al leerlo. Pero el libro no es el guión de la película, obvio, por lo que debe examinarse en su propia dimensión. En primer lugar, la película es como el libro desengrasado, o light, o descafeinado. Las discusiones filosóficas sobre la risa y otros temas son más extensas, más ricas en citas, mejor desarrolladas en el libro (en todo caso, nadie habría visto la película si esas discusiones aparecieran allí). El único problema es la flojera del traductor. El libro original abunda en párrafos en latín. El traductor los mantuvo, pero no fue capaz de poner una miserable nota al pie con la traducción. Aplicar cachativa y los viejos recuerdos de estudios de latín de hace 15 años ("Roma in Italia est, Italia in Europa est, Aegyptus non in Europa est..." que sueño, dios mio) no bastan para entender comentarios a Aristóteles. Sin embargo, y a pesar de ser un buen libro, creo que termina por confirmar que la Edad Media y sus mitos son el ambiente en el que no sólo trabaja, sino seguramente también vive Eco. Tal como deduce Casaubon cuando busca desesperado la contraseña de Abulafia en "El péndulo", imposible sustraerse a un universo de discurso cuando se vive inmerso en él.
"Abbadon el Exterminador" era la única novela de Sábato que no había leído. Después de enamorarme de "El Tunel" a los 13, de sufrir con "Sobre heroes y tumbas" a los veintitantos, sólo faltaba este. Y la verdad, creo que me cure del existencialismo, porque sencillamente no pude terminar de leerlo. Las pesadillas intelectuales de Sábato me dejaron impavido. Confieso que me aburrí.
Durante mucho tiempo sonreí cuando alguien hablaba de Sade, y pensaba por dentro "cochinón"... Para salir de la duda, del empacho, y ver qué tan terrible era, agarré "Los 120 días de Sodoma". Creo que 80 páginas fueron suficientes. No sé si todos los libros del Marqués serán de ese tono, pero ya no pretendo averiguarlo. Niños y niñas demasiado menores de edad, y mucha relación homosexual. Too much for me.
Ahora, en una repisa, "La Isla del día de antes", de Eco. Por lo que hojee, parece que se decidió a salir de su universo medieval. Esperemos que así sea. En una semana más les cuento.
Salud!
viernes, 7 de marzo de 2008
Desde Acá
Él la mira alejarse. Las huellas que deja en el camino cubierto de barro parecen más persistentes que el eco de sus lamentos, que ya comienzan a extinguirse...
Él la mira alejarse, y observa la figura abombada de su pelo alrededor de su cabeza, sobre sus hombros...
Piensa en cómo podría grabar esa silueta para siempre en su memoria, en cómo convertirla en una estatua inmaterial de granito inmaterial de presencia inmaterial. Pero luego se corrige a sí mismo. Concluye que no vale la pena, que aunque lograra formar ese recuerdo casi tangible sería sólo eso, un recuerdo, y no tendría nada que ver con la sensación y la textura que alguna vez llegó a la yema de sus dedos. Concluye que no vale la pena porque antes que ese recuerdo se apague, ese cabello se convertirá en un maraña de lineas blancas que ralea cada día más hasta finalmente desaparecer.
Y entonces se imagina su piel cubriéndose de surcos y surcos y surcos que acusan los años pasados. Imagina sus ojos rodeados de bolsas de piel. Sus manos cubiertas de pecas y manchas, dejando adivinar los huesos como si estuvieran pegados a la piel. Se imagina su silueta perdiendo su forma, dejando atrás esas curvas sensuales y carnosas, y dejando en cambio un saco de estrias apenas amoldado por la ropa, que obviamente ha cambiado y ha pasado de faldas cortas y pantalones coquetos a faldas bajo la rodilla, a medias de colores opacos, a blusas de manga larga cerradas con un broche en el pecho que muchos años atrás la habrían hecho reir.
Se da cuenta entonces que un amargo, turbio y viscoso deseo sube desde sus ingles hasta debajo de su lengua, donde se confunde con el recuerdo de sabores demasiado añejos. Y ese rabioso deseo se agita desesperado, muriendo un poco a cada segundo cuando él se da cuenta que ella, la de hoy, se aleja por esas veredas virtuales que sólo ella conoce y por las que él no puede seguirla.
(La canción debiera ser "Desde acá" de Lucybell, pero RadioBlog no lo tiene todo... faute de mieux, Atmosphere...)
jueves, 6 de marzo de 2008
Cortita - La cita de hoy
"[...] No es la duda la que mata, sino la certeza" - F.W.N.
¿Por qué chucha este hue'ón tenía casi siempre la razón?
miércoles, 20 de febrero de 2008
Instrucciones IV
Instrucciones para leer un libro
Tome el libro con ambas manos —olvídese, para estos efectos, que existen los libros electrónicos o similares: lo siguiente sólo es válido para libros de papel, con hojas que la devoción del lector ajará en las esquinas, con cubiertas que lentamente irán mostrando los rastros de dedos sudados, con letras que aún emanan algo del olor de la tinta que las engendró.
Ábralo por la parte central (aproximado, no es necesario que calcule exactamente la página del medio) y comience a leer. No es necesario que busque la clásica mayúscula, esa letra soberbia que siempre quiere verse más grande que el resto y que habitualmente indica el comienzo de una frase, aunque a veces puede intentar confundirnos señalando un nombre propio.
Comience a ensamblar las letras hasta formar una palabra. El límite de éstas lo señala claramente un espacio un poco mayor que el habitual. Por otro lado, varias palabras separadas por signos que parecen lejanas estrellas negras, o estrellas con una cola —¡un cometa ascendiendo a los cielos!—, o dos estrellas una sobre la otra, o unos cometas apuntando a unas estrellas, forman una frase, unidad mínima del sinsentido presente en un libro.
De existir frases encerradas entre signos que parecen rasguños de gato en la hoja, o bien frases que comienzan con un tajo de tinta, entonces se trata de parte de un diálogo.
Cualquiera sea el caso, lea sólo dos o tres páginas de corrido. Luego, salté varias páginas hacia adelante o hacia atrás, y vuelva a leer dos o tres páginas más. Continúe con este ejercicio cuantas veces estime conveniente.
Es bastante probable que al finalizar no entienda la intención original del autor de esas palabras (aunque también es muy difícil captarla al leer desde la primera a la última línea) o que tampoco logre captar la historia que llevan adelante los personajes.
Consuélese mirando cómo ese libro, pensado como historia ejemplificadora, termina convirtiéndose en un hermoso caballo alado con cabeza de león y cola de lagarto, o en un elegante flamenco con cuello de jirafa y cuernos de rinoceronte —suerte de torre de Babel biológica— o en un sorprendente hombre con cabeza de unicornio, brazos de lagarto y cola de pavo real. Con un poco de suerte, logrará ver el libro convertido en un árbol cuyo tronco lo formas decenas de cuerpos desnudos de mujeres voluptuosas, que engendra ramas que parecen la extensión de sus cabellos, y que a su vez dan paso a cientos de avecillas que tratan de emprender su vuelo de alas multicolores hacia un cielo que más bien parece un océano embravecido restallando en espumosas olas de espumoso vino tinto.
¡Salud!
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