viernes, 4 de abril de 2008

Caballos

Dos caballos corren, uno junto al otro. Son tan parecidos que se podría pensar que son el mismo.
Pasan junto a la línea del tren, que en ese sector describe una ligera curva. Uno de los caballos golpea con uno de sus cascos un tarro con flores que alguien ha dejado junto a la vía. ¿Recuerdo para algún muerto? Puede ser. ¿Homenaje de amor a una campesina del sector? Quizás. Sea como sea, el agua que había en el tarro ya ha tomado el color de la tierra, ya ha desaparecido casi toda luego de dejar una lengua humeda y oscura sobre el polvo, con dos burbujas que no tardarán en desaparecer. De las cuatro flores, tres eran rojas y una era blanca. Dos de las rojas permanecen en el tarro. La blanca ha rodado hasta quedar junto a un durmiente, y la roja casi ha desaparecido. Sólo queda el tallo con dos petalos, mientras el resto está semi hundido en la tierra, descolorido por el polvo. Pero a los caballos no les importa. Ni siquiera les importó que el tarro hubiese perdido su etiqueta, y que sólo mostrara unas estrías de metal. Ellos siguen su carrera. Luego de saltar la vía siguen por terrenos incultos, donde de tanto en tanto aparece un alto árbol, arbustos por acá, zarzas y moras más allá. Pasan junto a tres altos árboles, y alborotan aún más una reunión de tricahues. Pasan junto a una vertiente, y sus patas convierten la claridad en un líquido sucio que nadie beberá. ¿Hacia donde van? Nadie podría decirlo. ¿De qué huyen? Nadie sabe en realidad. Quizás ni siquiera huyan, tal vez sólo corran por placer, por el placer de sentir los músculos tensos y afiebrados, por el placer de sentir el pelaje y los hijares humedos de sudor, por el placer de alborotar a su paso todo lo que tocan, rasgando la alfombra verde que forma el pasto, alejando a las aves de sus árboles, asustando a los roedores que se esconden entre las raíces, ensuciando el agua, destruyendo las flores, saltando las vías, rompiendo un pequeño y modesto altar... Tal vez ni siquiera existan los caballos. Tal vez no sean más que mis ojos, que se apuran en llegar a esas dos colinas lejanas, esas colinas que apenas distingo desde acá.

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