sábado, 27 de septiembre de 2008

Tres - A mi princesa Ariadna

Perder no impide apostar - tienes que ser un milagro
Alguna vez fuiste nada más que un proyecto. Alguna vez fuiste un sueño, una idea, una ilusión envuelta en piel.
Pero hace tres años, a esta mismísima hora, estabas entre mis brazos, estabas temblando de tan pequeña que eras, estabas mirándome como quien mira algo nuevo que ha esperado por demasiado tiempo.
Y te abracé, y te envolví con mis manos, y limpié todos los restos de la oscuridad en que habías crecido, y te vestí con tus primeras ropas, y te hablé y te sonreí, y te lloré en medio de otros sueños, en medio de otros nombres.
Y desde entonces no he dejado de llorarte, desde entonces no he dejado de sonreir. En cada paso tuyo, en cada sonrisa tuya, en cada palabra tuya. Es tanto lo que has aprendido que el vértigo es inseparable de tí. Es tanto lo que has crecido que cualquier árbol sentiría envidia. Es tanto lo que has iluminado el mundo que cada vez que te eclipsas parece que todo se derrumbará.
Eso eres tú.
La luz de este mundo opaco. El orden en medio de este permanente desorden. Las lágrimas que refrescan sin dañar. Las risas que despiertan mi corazón y le hacen cantar.
Eres, a veces -algunas veces- mi reflejo en colores claros, con tonos pastel y música de "El laberinto del fauno". Eres mi pequeña ninfa, mi dulce ménade, mi sueño de una noche de verano, mi simple esperanza.
Tres veces mi deseo de retorno, tres veces mi anhelo nietzscheano de que todo vuelva, de que todo retorne, de que todo vuelva a ser, una y otra vez, infinitas veces hacia adelante, infinitas veces hacia atrás, exactamente igual de como ha sido, de como es y como será.
Tres veces tu voz es tu voz es tu voz. Tres veces el brillo de tus ojos es lo que me hace sonreir. Tres veces tú y el resto es sólo el resto. Tres veces tú, hermosa princesa mía, como las tres princesas en azul --esas de allá, de Knossos, tu tierra natal.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Lepra

Como si el mundo tuviese lepra, se cae pedazos. Un trocito ayer, un trocito hoy, un trocito mañana.
Y miras todos los trocitos. Aquellos que tratan de sostenerse de mala gana, sin ánimo. Aquellos a los que la gravedad ya atrapó y los empuja al piso. Aquellos otros que están tirados, como parte de un decorado que hace muchos siglos sirvió para una opus magna pero que hoy espera que alguien se digne a barrer.
¿Qué hacer si quien mira los pedazos cayendo tiene una cara de otro planeta? ¿Qué hacer si parece que todo y todos te urgen a levantar los trozos y pegarlos al cuerpo al que alguna vez pertenecieron con algo que parece engrudo? ¿Qué hacer si te urgen a pegarlos de vuelta y a tí, entre sorprendido y adormecido, te da lo mismo?
Tal vez lo mejor sea abrir los brazos. Que la pila de platos que vienes sosteniendo desde hace tanto tiempo que ya lo olvidaste y que llega tan alto que acaricia las nubes se venga al suelo, y se convierta en un hermoso desastre de loza blanca.
Tal vez sea lo mejor. Tal vez sería lo mejor. Si no fuera porque casi todos los platos seguramente te caerán encima, se romperán sobre tu cabeza, y dejarán tu piel desnuda al sol, cubierta de sangrientos zurcos que manan el alquitrán que hoy corre por tus venas.
Tal vez sea lo mejor. Tal vez sería lo mejor. Si no fuera porque cada plato era un salto que dabas, era un peldaño que escalabas --hacia donde, no importaba.
Tal vez sea lo mejor. O terminar escribiendo las tres letras que nunca has podido escribir en un papel, porque nunca has llegado tan lejos, porque nunca has sido capaz de terminar nada. Tal vez escribir esas tres letras, con tu sangre, con el movimiento penduleante de tu cuerpo al extremo de la soga, con los espamos de algún manjar disfrazado de veneno.
Tal vez. Sólo tal vez.
Porque mientras el mundo siga cayéndose a pedazos, como si se tratara de un enfermo de lepra, sólo existirá como respuesta un "tal vez".
FIN

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Licantropo

Y entonces me veo corriendo, apoyado en cada una de mis patas, con la cola levantada al cielo y los colmillos asomando en mis fauces... mis fauces, rojas, húmedas, como si hubiesen bebido toda la sangre del mundo.
Me veo corriendo en las autopistas, entre los autos que pasan raudos a mi lado como balas de plata que tratasen de alcanzarme. Me veo corriendo, saltando desde la autopista a los rieles metálicos del metro, esquivando los trenes que me persiguen. Me veo corriendo, saltando sobre los vagones, lanzando los aullidos que nadie quiere escuchar, los aullidos que llenen de pesadillas sus noches tránquilas.
Me veo corriendo, saltando sobre los techos, cayendo sobre los árboles de los parques, ahuyentando a las parejas que se acarician bajo sus ropas escondidos entre las sombras. Llenando de temores los rostros de las mujeres, llenando de satisfacción las caras de los hombres que se sienten protectores.
Me veo agazapado entre los matorrales, con ese brillo de borrachera en los ojos, con la baba cayendo lentamente sobre la hierba que ha quedado maldita bajo mis pisadas.
Me veo agazapado, observando ansiosamente a las mujeres que caminan solas en medio de la noche, respirando sus olores de hembras, alimentado con ellos mis deseos. Me veo lanzándome sobre ellas, destrozando sus ropas con mis garras, provocándoles alaridos de dolor, de terror y de gozo, mientras bebo la sangre que mana abundante de todos los rincones donde mis colmillos han hecho sus estragos.
Me veo corriendo.
Me veo corriendo hasta que la luna se oculte y luego yo siga corriendo, como un simple hombre desnudo, entumido y asustado que huye al amanecer.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Malas costumbres

Si las malas costumbres son las más persistentes, las más difíciles de desterrar, ¿no serán entonces la verdadera cara, lo que los ingenuos filósofos llaman "esencia"?
Al final, entonces, habría que amar incluso las malas costumbres...
¡Puaj! ¡Qué asco! grita la princesa imaginando la tapa del baño adornadas de gotitas...

lunes, 8 de septiembre de 2008

El cielo

¿Tomarse el cielo por asalto? Naaa... ¿Para qué? ¿Para encontrar una tropa de divinidades ebrias, danzando algunas, durmiendo otras más allá? ¿Démeter derramando sus frutos en el piso mientras rie a carcajadas? ¿Afrodita fornicando con algún extraño ser mitad algo mitad otra cosa, mientras mira de reojo a Ares que duerme agitados, rabiosos y cornudos sueños? ¿Tomarse el cielo por asalto? Tal vez. Y de esa forma pedir para mí mismo el único tipo de caída que mi soberbia tolera: estrepitosa, furibunda, de esas caídas que desgarran la piel convirtiéndola en un montón de jirones rojizos que claman por algo de agua que la refresque.
¿Tomarse el cielo por asalto? Quizás. Y entonces se encontraría el espectáculo de la desintegración del mundo con acordes wagnerianos y decorados de Andy Warhol, cantos de valquirias de siluetas amarillo encendido pegadas como etiquetas en una botella de cerveza.
¿Tomarse el cielo por asalto? No, otra vez no. Porque los milagros pequeños y sonrientes sólo se dan una vez, y convertir sus ojos encantadores en lágrimas abrazadoras sería un crimen que no me atrevo a cometer.
Ya se intentó una vez tomar el cielo por asalto, torcerle la mano al destino entre dos. Pero al torcerle la mano no le quitamos la espada, y ahora la deja caer sobre nosotros desgarrando todo alrededor.
Ya se intentó tomar el cielo por asalto, y los dioses borrachos pueden dejarte entrar por un rato a contemplar su triste apariencia, a sentir su temible hedor, a escuchar sus cantos que parecen carcajadas de hienas. Pero luego toman su venganza. Como no te invitaron ellos a sus fiestas, te expulsan a patadas del Olimpo, para terminar cayendo más hondo que Sísifo y quedar más deforme que Hefestos.
Ya se intentó tomar el cielo por asalto, y puesto que el camino es árduo y escarpado, puesto que los montes se elevan como muros de roca impenetrable, las energías se agotan y luego no se puede aguantar la posición.
¿Tomarse el cielo por asalto? Sólo para ver a Cronos, devorando infinitamente a sus hijos, devorándonos infinitamente a nosotros, inmerecidos bastardos suyos.