viernes, 17 de octubre de 2008

El Sol

(Para quien alguna vez evitó que un sol ardiera...)
No podía abrir los ojos. Veía todo, sentía todo, pero no podía abrir los ojos. Volvía a ver la cara de los dos tipos que lo asaltaron el mismo día que había llegado a Santiago, mientras caminaba por una calle oscura pero que entonces le parecía bonita, con casas altas, y todos esos cables saltando de un poste al otro, pensando que eso era la modernidad y era Santiago y era el progreso y era la riqueza que por fin podría mirar a la cara. Tan distinta le parecía la calle al camino que recorría desde la hacienda Montana a su casa, tan distintos los árboles a esos postes decorados de cables y zapatillas colgando (¿para qué servirían esas zapatillas? se preguntó, divertido sin encontrar una respuesta), tan distintas las rejas de metal y los jardines con maleza y basura a los cercos de madera y alambre tras los cuales se veían los animales pastando. Tan distinto le parecía todo, tan hermoso a fuerza de novedad que no escuchó cuando los dos tipos lo alcanzaron y uno de ellos lo rodeó por los hombros y le preguntó si no tenía un cigarrito. Él se volvió a mirar a uno, luego al otro, y les dijo sonriendo que no, que él no fumaba. Y entonces uno de los tipos sacó un palo, no supo de donde, un palo como esos con los que se ve a los gringos jugar en la televisión, y lo sintió de lleno en la cabeza. Alcanzó a escuchar cómo caía la bolsa que traía y cómo se rompía la taza nueva que se había comprado para el té. Cuando lo despertaron miró extrañado a todo el mundo. Tres señoras lo rodeaban y una le hablaba con palabras que le parecieron de otro planeta. Se levantó sintiendo una argolla de metal en la cabeza, apretándole las sienes, sintiendo que una parte de él se quedaba tirada en el piso. Y cuando se tocó la frente sintió algo seco como una cáscara. “Está todo lleno de sangre”, le dijo una de las señoras. “¿Lo asaltaron, m’hijito?” le preguntaba otra. Y sólo entonces se le ocurrió buscar el pañuelo en su bolsillo, y la señora que primero le había hablado se lo tendía. “¿Busca esto?”. Él lo miró sorprendido. ¿Cómo pudieron saber ellos? No se lo imaginaba. Debían haberlo revisado completo mientras él estaba tirado en el suelo, chorreando sangre. En fin. El pañuelo estaba arrugado y sucio. Y no tenía ninguno de los billetes que había puesto enrolladitos adentro. Su reloj tampoco estaba, pero eso no le importaba mucho. ¿Qué iba a hacer sin plata? Era tan absurdo estar allí, con la cabeza cubierta de sangre seca, con las manos sucias, rodeado de esas señoras que ya parecían aburrirse y se iban a sus casas, con ese dolor de cabeza que lo mataba, que por un momento sólo quiso echarse a llorar y correr de vuelta a su casa. Pero ni para eso tenía dinero. Nada. Comenzó a caminar de vuelta a la pensión donde había dejado un par de camisas, un par de pantalones y unas mudas de ropa interior. Y a cada paso le parecía que el mundo se venía abajo y que la calle que hacía poco rato le parecía tan linda ahora era un sueño oscuro que no terminaba nunca en la puerta que necesitaba. Debía ser muy tarde cuando volvió, porque estaba todo a oscuras. En la puerta había un peruano fumando al que había saludado cuando llegó a la pensión. “¿Qué le pasó, hermanito?”. “Nada, gracias, buenas noches”. Y subió trastabillando los escalones. En el baño se miró al espejo y se lavó la cara y las manos, y se dio cuenta que tenía rasguños en la cara, un moretón arriba del ojo izquierdo, y un corte entre la boca y la pera. “Si mi taita me viera, pensó, me pegaría por no haberme defendido”. Durmió hasta que lo despertó un hormigueo en el estómago. Miró por la ventana y calculó que serían más de las doce. No comía desde el almuerzo del día anterior. Sería eso. Buscó en su bolsito, y sólo encontró un par de pilchas. Miró alrededor suyo, y no había nada. No estaba la taza que había comprado, el pan, el queso, el té. Y pensar en que todo eso había desaparecido le daba más hambre. Se vistió, se fue al baño y se miró al espejo. Con esa cara, ojalá no lo tomaran preso, ojala no lo mandaran a un hospital. Salió a la calle y comenzó a caminar. Ahora no podía recordar cuánto caminó. No podía recordar a cuántas personas les había pedido trabajo. Y todas le pedían papeles que no tenía, o le decían con cara de miedo que no tenían nada para él. Se había ofrecido para acarrear sacos, se había ofrecido para mover escombros en la construcción… hasta para contar ladrillos se ofreció, y en todas partes encontraba la misma cara y la misma respuesta. Volvió tarde a la pensión, y sentía triplicada el hambre de la mañana. Pensó en ir a hablar con el señor que le había arrendado la pieza el día anterior y pedirle una taza de té con un pancito, pero de sólo pensarlo se le subieron los colores a la cara, así que se metió a la cama y trató de dormir. Pero era un revolcarse entre las sábanas, que no olían como las de su casa, que no se sentían como las de su casa. El hormigueo de la mañana se había convertido en un pequeño ardor en la boca del estómago, en una fatiga en las piernas, en una sequedad en el fondo de la garganta. Cuando despertó sintió la cara sudada y apenas pudo abrir los ojos. El sol entraba a raudales por la ventana sin cortina. Y el ardor en la boca del estómago se hacía insoportable. Salió, camino, pidió trabajo, miró a las personas que comían en la vereda, vio a los mozos que pasaban con platos humeantes, con sándwich que chorreaban cosas por los costados, con bebidas. Y vio a la gente que comía sin importarle nada, como seguramente lo hacía él con los porotos de su madre, como si los porotos con riendas y longaniza fuesen lo más natural del mundo y sólo bastara con estirar la mano y tomarlos, y ni siquiera fuera necesario que alguien los preparara. Y por un minuto tuvo deseos de acercarse a un mozo y pedirle que le regalara algo. O acercarse a un señor que parecía un buen abuelo envuelto en un abrigo grueso y que leía el diario tomando un café con pasteles. Y camino dos o tres pasos hacía el abuelo, que levantó los ojos de su diario y lo miró casi con simpatía, como invitándolo a sentarse junto a él, y pedir un café con pasteles o mejor aún, unos porotos bien servidos, a cuchara pará. Pero cuando iba a dar el cuarto paso, sintió una mano en el pecho, y se encontró con un mozo que le decía que mejor siguiera caminando, que no molestara, y él sólo pudo bajar la vista, esconder su vergüenza y su hambre y balbucear un “perdón” que el ruido de los autos ahogaron. Durmió otra noche, quizás otro día, vio el sol por su ventana, lo sintió dentro de su estómago. Quiso levantarse para volver a recorrer las calles para volver a pedir un trabajo, a rogar un trabajo, a suplicar si fuese necesario, con lágrimas corriendo que le refrescaran la cara que sentía abrasada, con una voz que mostrara el dolor y el ardor de su estómago y la debilidad de sus piernas, pero no pudo mover un solo músculo. Pensó en arrastrarse, bajar y hablar de hombre a hombre con el dueño de la pensión. Él entendería. Él lo abrazaría y le diría “hijo, no importa, siéntese y coma”, pero no podía ver la puerta, no podía ver las paredes de su pieza por más que forzaba los ojos hasta hacerlos lagrimear. Y pensó que era sangre lo que salía de sus ojos, que era un sol lo que tenía en el estómago, y se durmió con la cabeza llena de imágenes. La señora Isabel que lo veía pasar cuando caminaba de vuelta a su casa, y que le mandaba un frasquito de dulce a su mamá, y a veces le pedía que le cortara un poco de leña, y él lo hacía feliz, sonriéndole a la señora Isabel, que era como la abuela de todos los que vivían alrededor. Y ella le daba las gracias por la leña, y le metía unas manzanas en los bolsillos, o le daba un pan amasado con queso recién cortado, o le convidaba un vasito de chicha que su marido, don Pedro, había hecho. Y entre sueños le asaltaba la imagen de su madre, los porotos con rienda, las cazuelas y las humitas, su padre y una copa de vino y el jamón serrano cortado con el cuchillo de monte. Y escuchaba las risas de su hermana, mostrando el vestido que él le había llevado desde Santiago, y la madre que le decía que cómo se iba a poner esa ropa de princesa para andar entre el barro y los chanchos y los perros, y él que le mostraba los regalos, un televisor gigante y un equipo de música, y una lavadora para que no siguiera gastando sus manos viejas en la artesa, y el sombrero nuevo para su papá, y hasta un auto blanco como las plumas de la Cabezona, su gallina regalona. Y la gallina se le subía a las piernas, y le picoteaba el estómago, buscando el sol que él tenía escondido y que le quemaba y le quemaba y le quemaba. Y él le rogaba a la gallina que siguiera picoteando, y llamaba al Tolín y al Negro para que ayudaran con sus mordiscos a la Cabezona a sacar el sol de su vientre y lo dejaran descansar. Y los perros mordían, y la Cabezona picoteaba, pero el sol no salía, parecía agrandarse hasta ser como el volcán al que había subido tantas veces con su padre a cazar liebres que asaban en la tarde, bien remojadas con vino tinto, entre las sonrisas de su madre y su hermana que tejía. Tejía calcetines para que él no pasara frío en las mañanas tan heladas de Santiago, una bufanda que le abrigara la garganta, una chomba para su espalda, un gorro que le tapara las orejas. Pero él le pedía que dejara de tejer y le prestara una hebra de lana para metérsela por la boca y amarrar el sol que tenía dentro y sacarlo a tirones. Pero su hermana no lo escuchaba, sólo sonreía. Y la Cabezona picoteaba, y los perros mordisqueaban, pero no lograban llegar al sol, y sólo lo hacían llorar de dolor. Dos noches, tres noches, quizás cuatro con los mismos sueños. Trato de hablar para que alguien viniera a ayudarlo, a abrazarlo y llorar a su lado, pero sólo escuchó que al lado golpeaban la pared para que se callara. Así que se calló, y siguió con la cabeza llena de imágenes, hasta que su madre se confundió con su hermana y con la señora Isabel, y lo llamaban las tres que eran una y le decían que se volviera al campo, a trabajar en Montana y vivir con ellos. Y veía la cara seria de su padre, sus cejas juntas y los ojos pequeños. Y él les decía que sí, que ya iba, que apenas consiguiera sacarse el sol que se había tragado iría. Pero su padre le decía que cómo se le ocurría tragarse el sol, que seguramente por estar de ocioso como los santiaguinos, tirado en algún banco de plaza sin hacer nada se había tragado el sol, y él lloraba y le decía no papito, pedí trabajo hartas veces, y siempre me dijeron que no, y el sol crecía y crecía. Y llorando sintió que algo se rasgaba dentro, que el sol salía de su vientre y lo llenaba entero, haciéndolo arder.

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