martes, 15 de abril de 2008

Reencuentro

Un tipo toma a otro del brazo. ¡Zúñiga hombre! ¡Tanto tiempo! El otro lo mira al principio desconcertado, con los ojos semicerrados, como si fuera miope y tratara de distinguir alguna sombra en medio de la noche. ¿Carvajal? ¡El mismo poh 'on! Se estrechan la mano, se sonríen. Y de pronto los años pasados sin verse, que ninguno de los dos podría precisar, se interponen congelando las risas en sus caras.
¿Y qué ha sido de tu vida 'on?, pregunta Carvajal. No mucho.Trabajar, y... eso. ¿Y tú? Carvajal pone cara de problema, pero luego abruptamente sonríe. Me separé, hue'ón, hace poquito.
¿Y tú cuando te habías casado?
Pfff... ¿no te acuerdas de la Valeria, la Valeria Cáceres? con ella, poh.
Cáceres, mmm... no, no me suena. Zúñiga mira a Carvajal fijamente, como preguntándole si está seguro de no haberse equivocado de nombre. Carvajal lo mira como preguntándose cómo se pudo olvidar de ella si hace "apenas" 10 años que dejaron de trabajar juntos. ¿Estás seguro que ella estaba cuando yo me fui de la empresa? Claro poh hue'ón. De eso sí estoy seguro. Acuérdate que cuando ella entró salimos un día todos, y voh andabai... esa vez que casi te fuiste arrancando porque la cabra esta... ¿cómo se llamaba?... bueno, no importa, esa cabra que te andaba persiguiendo por toda la pista... Ahí yo ya andaba con la Vale.
Zúñiga insiste en su mirada. No, no me acuerdo, pero no importa... ¿cuándo te separaste?
Lo pregunta como al pasar. Como si quisiera dejarle claro a Carvajal que al no haber conocido a la novia le importa un carajo su separación. Y mientras tanto, sus ojos se van hacia adentro, se ve a sí mismo con bastantes canas menos, con la barba negra en lugar de gris, con las cejas menos espesas, con menos kilos, con los gestos un poco más agiles, no tan duros como si de madera se tratara. Y ve a Valeria. La ve riéndose en la oficina mientras conversa con sus compañeras. La escucha a lo lejos, a diez años de distancia, con su pelo negro como una negra noche, con sus ojos oscuros detrás de unos pequeños anteojos, con su nariz picuda que parecía apuntar a su sonrisa amplia y ruidosa. ¿Cómo no recordarla? Pero Carvajal habla tanto que su imagen casi se borra. La niña que necesitaba apoyo y brazos que la contuvieran se convierte en su relato en una mujer insegura. Su voz que no paraba de hablar y hablar, de lo que fuera, se convierte en las palabras de Carvajal en una homilía de lamentos sin fin. Hasta su cuerpo, que el siempre ha recordado como una voluptuosa trampa en la que muchas veces estuvo a punto de caer se transforma en una mujer torpemente desnuda que vocifera porque su marido -Carvajal- no es capaz de apagar las llamas que la inflaman. ¿Cómo ella pudo llegar a vivir con ese tipo que sólo tiene boca para empequeñecer? ¿Cómo ella pudo atarse a un payaso cuya boca sólo sirve para convertir a un dios del olimpo en una piedra sobre la arena? Es lo que nunca entendió. Y es lo que sigue sin entender. Y es lo que tal vez, en realidad, terminó enterrándola en el fondo de su cabeza.
-...pero ahora ando con una minita filete, que te dejaría enfermo de los nervios... Oye, ¿y tú nunca te casaste?
-No. Nunca.
Zúñiga lo mira seriamente, y Carvajal por un minuto piensa que ha sido una mala pregunta y que su antiguo amigo se ha convertido en un amargado... pero en seguida retoma las risas torpes.
-¡Al menos te salvaste de lo que es separarse!
Y Zúñiga piensa que si no fuera porque a estas alturas ya nada tiene sentido, si no fuera porque el tiempo pasó hace mucho y que ya lo único que queda por esperar es que lo años avancen arrastrándose uno tras otro tal como lo han hecho hasta ahora, podría tomar a Carvajal del cuello y hundirlo en el polvo. Pero no es necesario. Carvajal ya está hundido. Y en su propia mierda.
-Tengo que hacer viejito, nos vemos.
Y mientras Carvajal queda con la mitad de la frase en la boca, Zúñiga avanza rapidamente por la calle, sin mirar hacia atrás, como ha venido haciendo todos estos años. Y como seguramente seguirá haciendo.

viernes, 4 de abril de 2008

Caballos

Dos caballos corren, uno junto al otro. Son tan parecidos que se podría pensar que son el mismo.
Pasan junto a la línea del tren, que en ese sector describe una ligera curva. Uno de los caballos golpea con uno de sus cascos un tarro con flores que alguien ha dejado junto a la vía. ¿Recuerdo para algún muerto? Puede ser. ¿Homenaje de amor a una campesina del sector? Quizás. Sea como sea, el agua que había en el tarro ya ha tomado el color de la tierra, ya ha desaparecido casi toda luego de dejar una lengua humeda y oscura sobre el polvo, con dos burbujas que no tardarán en desaparecer. De las cuatro flores, tres eran rojas y una era blanca. Dos de las rojas permanecen en el tarro. La blanca ha rodado hasta quedar junto a un durmiente, y la roja casi ha desaparecido. Sólo queda el tallo con dos petalos, mientras el resto está semi hundido en la tierra, descolorido por el polvo. Pero a los caballos no les importa. Ni siquiera les importó que el tarro hubiese perdido su etiqueta, y que sólo mostrara unas estrías de metal. Ellos siguen su carrera. Luego de saltar la vía siguen por terrenos incultos, donde de tanto en tanto aparece un alto árbol, arbustos por acá, zarzas y moras más allá. Pasan junto a tres altos árboles, y alborotan aún más una reunión de tricahues. Pasan junto a una vertiente, y sus patas convierten la claridad en un líquido sucio que nadie beberá. ¿Hacia donde van? Nadie podría decirlo. ¿De qué huyen? Nadie sabe en realidad. Quizás ni siquiera huyan, tal vez sólo corran por placer, por el placer de sentir los músculos tensos y afiebrados, por el placer de sentir el pelaje y los hijares humedos de sudor, por el placer de alborotar a su paso todo lo que tocan, rasgando la alfombra verde que forma el pasto, alejando a las aves de sus árboles, asustando a los roedores que se esconden entre las raíces, ensuciando el agua, destruyendo las flores, saltando las vías, rompiendo un pequeño y modesto altar... Tal vez ni siquiera existan los caballos. Tal vez no sean más que mis ojos, que se apuran en llegar a esas dos colinas lejanas, esas colinas que apenas distingo desde acá.

miércoles, 2 de abril de 2008

Ya es vicio

Ella lo mira. Lo mira por debajo de las pestañas, con una sonrisa en los labios mientras comienza a desabotonarse la blusa poco a poco, sin apuro. Su chaqueta ya está en el piso, al lado de sus pies. Su cartera quedó hace mucho tirada en el pasillo, junto a la puerta que sólo gracias al impulso cerró completa. Cuando todavía no ha llegado al último botón, y sin embargo se puede ver el nacimiento de sus pechos abultados, levanta la barbilla y parece desafiarlo. Él piensa, desde la cama, semirecostado, desde donde la mira, que ella sabe que eso lo excita. Él piensa que debiera dejar que la sangre que parece atorarse a la altura de su cinturón y que lucha freneticamente por avanzar más abajo corra libremente y llene todos los espacios aún vacios de su cuerpo. Pero sólo la mira. No puede hacer otra cosa.
Retrocede en el día y se ve despertando tarde, cerca de las 12, con la cabeza revuelta de tanto dormir, con los párpados pegados uno contra el otro. Se ve trastabillando hasta la ducha, donde abre la llave para dejar salir el chorro caliente (ella ha dejado el calefon prendido para él antes de irse a la oficina). Se ve arrastrando por la cocina el cordón del hervidor, llenando éste de agua, para luego, al enchufarlo, darse cuenta que el termo está cerrado y lleno de agua caliente para su café. Y así, recorre todo su día. El almuerzo tardío (cerca de las 4), hecho solo de frutas porque no tuvo ganas o valor para ponerse a cocinar. Los cigarrillos que desfilaron uno detrás del otro, hasta que se detuvo para no quedarse sin tabaco. Los vasos de agua que tragaba como un pérdido en el desierto, para tratar de paliar un poco el calor que sentía y todo lo que le resecaba los labios el humo. Se ve a sí mismo sentado, frente a la pantalla, sabiendo que no podrá escribir una sola línea, sabiendo que no hay ninguna historia tomando forma en su cabeza, sabiendo que no hay ninguna vida llena de dolores, pereza, alegría, esperanzas y fracasos armándose en su imaginación. Y sin embargo, como un niño aburrido, apreta las teclas como si fueran las de un piano, esperando que la S se convierta en un DO, que la L se transforme en un Sol. Se ve a sí mismo tendido en el escritorio, con un par de libros al lado, con un cenicero lleno y otro a medio llenar junto a sus piernas, con un vaso y un jarro vacío al lado de su brazo. Y se ve temiendo que llegará la noche, y con la noche la vergüenza, el saber que no ha sido capaz de nada una vez más y que sin embargo lo ha disfrutado. Con la noche llega ella, y sus ojos que pierden el brillo cuando escucha que él ni siquiera ha podido escribirle un par de versos con los que pagar en alguna medida el techo, la comida, la ropa, los cigarros... Pero ella llega directamente a lo suyo, y lo mira con atrevimiento, como diciendo "ven a buscar", y el recuerda todas las otras noches de este mes (que han sido casi todas) en que cambiando las caras, las actitudes, las poses y la ropa, la escena se ha repetido. Y recuerda que todas esas noches acaba por tomarla en sus brazos, abrazarla y besarla, acaba por terminar el trabajo que ella ha comenzado, y dejar el dormitorio sembrado de prendas, hasta que unos cuadros chiquitos, muy chiquitos cuelguen como pantalla de la lámpara. Y recuerda que todas las noches la ha besado con la boca muy abierta, como queriendo tragar su cuerpo entero, mientras sus manos recorren ansiosa y golosamente los pechos de ella, las caderas de ella, las piernas de ella, mientras su respiración se agita y su piel se pone de gallina como si la hubiera invadido el frío o el terror. Y se recuerda jugando con los pezones de ella entre sus dedos, bajando con sus besos y su lengua hasta su ombligo, hasta su pubis, y se recuerda tironeando suavemente con los dientes de sus cortos bellos negros y gruesos. Y su lengua perdiéndose entre sus labios, provocando un caudal de olorosos jugos que su boca trata de recoger, mientras sus dedos urgan entre sus nalgas, tratando de arrancarle un último alarido. Pero recuerda que no es tan facil. Recuerda que debe levantarse, poner su pelvis a la altura de su frente, para que ella tome su miembro con la mano derecha y con la izquierda aprete sus nalgas atrayéndolo hacia ella, para meterlo todo en su boca, y lamerlo y chuparlo, mordisquearlo suavemente, haciéndolo más grande y más rojo. Y recuerda que ese rito dura demasiado. Dura hasta que siente un hormigueo en la espalda, un escalofrío recorriendo su espalda desde la cintura a la nuca, y entonces la aparta de sí, y pasea su miembro por su vientre, lo hace bailar en la entrada de su vagina, mientras mira los dientes de ella que se muerde los labios. Y recuerda que es ella la que luego pide "métemelo, métemelo, métemelo todo", y entonces él avanza su cadera hasta que siente el pubis de ella contra el suyo, hasta que siente su miembro envuelto en una tibia y húmeda piel que palpita ansiosa. "Así, más fuerte, así, uuuuuuu", y la toma de las piernas mientras sigue avanzando y retrocediendo, infinitas veces hacia adelante, infinitas veces hacia atrás, y mientras besa el cuello de ella escucha un gemido largo y grave, como si algo se hubiera desgarrado en su interior. Y recuerda que sólo entonces él puede terminar, al sentir un rio desbordando en sus piernas, y una mano invisible que lo toma de la nuca y lo hunde en un aire pesado que no se puede respirar, y que pareciera envolver todo en el cuarto. Así que cierra los ojos, y se queda respirando pesadamente en el hombro de ella. Y mientras ha recordado todo eso ella ya ha terminado de quitarse la blusa, ha desabrochado su sostén, que con un ligero vaivén oculta y al mismo tiempo deja ver sus pechos redondos, duros. Entonces él se levanta. Da la vuelta entera a la cama, y al pasar junto al closet toma una bata de satín rosa que pone sobre los hombros de ella. Le da un beso en el cuello, y mientras sale del dormitorio sólo atina a decirle que hoy no, que ya es demasiado, que ya es vicio.