Un tipo toma a otro del brazo. ¡Zúñiga hombre! ¡Tanto tiempo! El otro lo mira al principio desconcertado, con los ojos semicerrados, como si fuera miope y tratara de distinguir alguna sombra en medio de la noche. ¿Carvajal? ¡El mismo poh 'on! Se estrechan la mano, se sonríen. Y de pronto los años pasados sin verse, que ninguno de los dos podría precisar, se interponen congelando las risas en sus caras.
¿Y qué ha sido de tu vida 'on?, pregunta Carvajal. No mucho.Trabajar, y... eso. ¿Y tú?
Carvajal pone cara de problema, pero luego abruptamente sonríe. Me separé, hue'ón, hace poquito.
¿Y tú cuando te habías casado?
Pfff... ¿no te acuerdas de la Valeria, la Valeria Cáceres? con ella, poh.
Cáceres, mmm... no, no me suena. Zúñiga mira a Carvajal fijamente, como preguntándole si está seguro de no haberse equivocado de nombre. Carvajal lo mira como preguntándose cómo se pudo olvidar de ella si hace "apenas" 10 años que dejaron de trabajar juntos. ¿Estás seguro que ella estaba cuando yo me fui de la empresa?
Claro poh hue'ón. De eso sí estoy seguro. Acuérdate que cuando ella entró salimos un día todos, y voh andabai... esa vez que casi te fuiste arrancando porque la cabra esta... ¿cómo se llamaba?... bueno, no importa, esa cabra que te andaba persiguiendo por toda la pista... Ahí yo ya andaba con la Vale.
Zúñiga insiste en su mirada. No, no me acuerdo, pero no importa... ¿cuándo te separaste?
Lo pregunta como al pasar. Como si quisiera dejarle claro a Carvajal que al no haber conocido a la novia le importa un carajo su separación. Y mientras tanto, sus ojos se van hacia adentro, se ve a sí mismo con bastantes canas menos, con la barba negra en lugar de gris, con las cejas menos espesas, con menos kilos, con los gestos un poco más agiles, no tan duros como si de madera se tratara. Y ve a Valeria. La ve riéndose en la oficina mientras conversa con sus compañeras. La escucha a lo lejos, a diez años de distancia, con su pelo negro como una negra noche, con sus ojos oscuros detrás de unos pequeños anteojos, con su nariz picuda que parecía apuntar a su sonrisa amplia y ruidosa. ¿Cómo no recordarla? Pero Carvajal habla tanto que su imagen casi se borra. La niña que necesitaba apoyo y brazos que la contuvieran se convierte en su relato en una mujer insegura. Su voz que no paraba de hablar y hablar, de lo que fuera, se convierte en las palabras de Carvajal en una homilía de lamentos sin fin. Hasta su cuerpo, que el siempre ha recordado como una voluptuosa trampa en la que muchas veces estuvo a punto de caer se transforma en una mujer torpemente desnuda que vocifera porque su marido -Carvajal- no es capaz de apagar las llamas que la inflaman. ¿Cómo ella pudo llegar a vivir con ese tipo que sólo tiene boca para empequeñecer? ¿Cómo ella pudo atarse a un payaso cuya boca sólo sirve para convertir a un dios del olimpo en una piedra sobre la arena? Es lo que nunca entendió. Y es lo que sigue sin entender. Y es lo que tal vez, en realidad, terminó enterrándola en el fondo de su cabeza.
-...pero ahora ando con una minita filete, que te dejaría enfermo de los nervios... Oye, ¿y tú nunca te casaste?
-No. Nunca.
Zúñiga lo mira seriamente, y Carvajal por un minuto piensa que ha sido una mala pregunta y que su antiguo amigo se ha convertido en un amargado... pero en seguida retoma las risas torpes.
-¡Al menos te salvaste de lo que es separarse!
Y Zúñiga piensa que si no fuera porque a estas alturas ya nada tiene sentido, si no fuera porque el tiempo pasó hace mucho y que ya lo único que queda por esperar es que lo años avancen arrastrándose uno tras otro tal como lo han hecho hasta ahora, podría tomar a Carvajal del cuello y hundirlo en el polvo. Pero no es necesario. Carvajal ya está hundido. Y en su propia mierda.
-Tengo que hacer viejito, nos vemos.
Y mientras Carvajal queda con la mitad de la frase en la boca, Zúñiga avanza rapidamente por la calle, sin mirar hacia atrás, como ha venido haciendo todos estos años. Y como seguramente seguirá haciendo.



