miércoles, 2 de abril de 2008

Ya es vicio

Ella lo mira. Lo mira por debajo de las pestañas, con una sonrisa en los labios mientras comienza a desabotonarse la blusa poco a poco, sin apuro. Su chaqueta ya está en el piso, al lado de sus pies. Su cartera quedó hace mucho tirada en el pasillo, junto a la puerta que sólo gracias al impulso cerró completa. Cuando todavía no ha llegado al último botón, y sin embargo se puede ver el nacimiento de sus pechos abultados, levanta la barbilla y parece desafiarlo. Él piensa, desde la cama, semirecostado, desde donde la mira, que ella sabe que eso lo excita. Él piensa que debiera dejar que la sangre que parece atorarse a la altura de su cinturón y que lucha freneticamente por avanzar más abajo corra libremente y llene todos los espacios aún vacios de su cuerpo. Pero sólo la mira. No puede hacer otra cosa.
Retrocede en el día y se ve despertando tarde, cerca de las 12, con la cabeza revuelta de tanto dormir, con los párpados pegados uno contra el otro. Se ve trastabillando hasta la ducha, donde abre la llave para dejar salir el chorro caliente (ella ha dejado el calefon prendido para él antes de irse a la oficina). Se ve arrastrando por la cocina el cordón del hervidor, llenando éste de agua, para luego, al enchufarlo, darse cuenta que el termo está cerrado y lleno de agua caliente para su café. Y así, recorre todo su día. El almuerzo tardío (cerca de las 4), hecho solo de frutas porque no tuvo ganas o valor para ponerse a cocinar. Los cigarrillos que desfilaron uno detrás del otro, hasta que se detuvo para no quedarse sin tabaco. Los vasos de agua que tragaba como un pérdido en el desierto, para tratar de paliar un poco el calor que sentía y todo lo que le resecaba los labios el humo. Se ve a sí mismo sentado, frente a la pantalla, sabiendo que no podrá escribir una sola línea, sabiendo que no hay ninguna historia tomando forma en su cabeza, sabiendo que no hay ninguna vida llena de dolores, pereza, alegría, esperanzas y fracasos armándose en su imaginación. Y sin embargo, como un niño aburrido, apreta las teclas como si fueran las de un piano, esperando que la S se convierta en un DO, que la L se transforme en un Sol. Se ve a sí mismo tendido en el escritorio, con un par de libros al lado, con un cenicero lleno y otro a medio llenar junto a sus piernas, con un vaso y un jarro vacío al lado de su brazo. Y se ve temiendo que llegará la noche, y con la noche la vergüenza, el saber que no ha sido capaz de nada una vez más y que sin embargo lo ha disfrutado. Con la noche llega ella, y sus ojos que pierden el brillo cuando escucha que él ni siquiera ha podido escribirle un par de versos con los que pagar en alguna medida el techo, la comida, la ropa, los cigarros... Pero ella llega directamente a lo suyo, y lo mira con atrevimiento, como diciendo "ven a buscar", y el recuerda todas las otras noches de este mes (que han sido casi todas) en que cambiando las caras, las actitudes, las poses y la ropa, la escena se ha repetido. Y recuerda que todas esas noches acaba por tomarla en sus brazos, abrazarla y besarla, acaba por terminar el trabajo que ella ha comenzado, y dejar el dormitorio sembrado de prendas, hasta que unos cuadros chiquitos, muy chiquitos cuelguen como pantalla de la lámpara. Y recuerda que todas las noches la ha besado con la boca muy abierta, como queriendo tragar su cuerpo entero, mientras sus manos recorren ansiosa y golosamente los pechos de ella, las caderas de ella, las piernas de ella, mientras su respiración se agita y su piel se pone de gallina como si la hubiera invadido el frío o el terror. Y se recuerda jugando con los pezones de ella entre sus dedos, bajando con sus besos y su lengua hasta su ombligo, hasta su pubis, y se recuerda tironeando suavemente con los dientes de sus cortos bellos negros y gruesos. Y su lengua perdiéndose entre sus labios, provocando un caudal de olorosos jugos que su boca trata de recoger, mientras sus dedos urgan entre sus nalgas, tratando de arrancarle un último alarido. Pero recuerda que no es tan facil. Recuerda que debe levantarse, poner su pelvis a la altura de su frente, para que ella tome su miembro con la mano derecha y con la izquierda aprete sus nalgas atrayéndolo hacia ella, para meterlo todo en su boca, y lamerlo y chuparlo, mordisquearlo suavemente, haciéndolo más grande y más rojo. Y recuerda que ese rito dura demasiado. Dura hasta que siente un hormigueo en la espalda, un escalofrío recorriendo su espalda desde la cintura a la nuca, y entonces la aparta de sí, y pasea su miembro por su vientre, lo hace bailar en la entrada de su vagina, mientras mira los dientes de ella que se muerde los labios. Y recuerda que es ella la que luego pide "métemelo, métemelo, métemelo todo", y entonces él avanza su cadera hasta que siente el pubis de ella contra el suyo, hasta que siente su miembro envuelto en una tibia y húmeda piel que palpita ansiosa. "Así, más fuerte, así, uuuuuuu", y la toma de las piernas mientras sigue avanzando y retrocediendo, infinitas veces hacia adelante, infinitas veces hacia atrás, y mientras besa el cuello de ella escucha un gemido largo y grave, como si algo se hubiera desgarrado en su interior. Y recuerda que sólo entonces él puede terminar, al sentir un rio desbordando en sus piernas, y una mano invisible que lo toma de la nuca y lo hunde en un aire pesado que no se puede respirar, y que pareciera envolver todo en el cuarto. Así que cierra los ojos, y se queda respirando pesadamente en el hombro de ella. Y mientras ha recordado todo eso ella ya ha terminado de quitarse la blusa, ha desabrochado su sostén, que con un ligero vaivén oculta y al mismo tiempo deja ver sus pechos redondos, duros. Entonces él se levanta. Da la vuelta entera a la cama, y al pasar junto al closet toma una bata de satín rosa que pone sobre los hombros de ella. Le da un beso en el cuello, y mientras sale del dormitorio sólo atina a decirle que hoy no, que ya es demasiado, que ya es vicio.

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