miércoles, 31 de diciembre de 2008
Cumpleaños
No se te debieran desear felicidades a tí, sino a la Tierra, a la vIda misma, por haber tenido la dicha de haberte recibido hace unos años.
Porque es la vIda la que sonríe cada vez que tú lo haces, es la Tierra que se viste de verano cuando tú danzas en medio de los árboles que, lujuriosos, inclinan sus copas al suelo para captar mejor tu aroma.
Pero como lo que se estila es esto, ¡Feliz Cumpleaños!
domingo, 16 de noviembre de 2008
Swinger Night
Ambos miran alrededor, fijándose en cada detalle, mirando las caras de las demás parejas. Sobre la barra un televisor transmite una película porno. Raro, piensa él. Primera vez en su vida que mientras mira a la mesera que les tiende la cara ve de reojo una porno en el espejo detrás de su mujer.
Pasan los minutos y los dos sonríen, los dos beben sus tragos, los dos observan a las parejas un poco mayores que ellos que desfilan por el lugar.
Conocían el programa, que hablaba de un show. Así que cuando ven a las parejas que comienzan a levantarse con sus tragos, ellos también se levantan, y siguen a los que comienzan a avanzar por el pasillo. Entran a una sala un poco estrecha, con asientos todo alrededor, excepto en un pequeño espacio un poco más elevado con un caño instalado. Un presentador los saluda, les da la bienvenida, y presenta a una muchacha que tras un baile un poco frenético comienza a desvestirse a un ritmo lento y pausado, pero sin otra gracia que sus abultados pechos operados.
Después, aparece una versión musculosa de Neo. Se quita el abrigo y queda en shorts. Las mujeres sonríen. Su mujer le hace una broma a su vecina, que rie a carcajadas. La versión musculosa de Neo trata de provocar a todas, acercándoseles, haciéndolas recorrer su pecho con manos ansiosas. Y luego toma a alguien del público. La lleva a la pista, la levanta y la hace abrazarlo, le levanta el vestido, la desnuda, la tiende en el piso. Él no puede ver más, porque el gordo de su vecino cubre todo el espacio, dejándole sólo la posibilidad de mirar las caras del resto de la gente. Caras de placer en algunas mujeres. Indiferencia en otras. Un extraño interés en algunos hombres, una pequeña desaprobación en algunos otros.
El show termina. Les hablan de las salas. Un cuarto oscuro en el que se puede fumar y beber. Un cuarto donde no se puede fumar. En cualquiera de los dos lugares se debe entrar sólo con vasos plásticos.
Ella lo lleva a la barra a cambiar sus vasos, y entran a la sala donde no se puede fumar. Una pared con agujeros deja ver parejas que comienzan a acariciarse, que comienzan a quitarse lentamente la ropa. Se van al cuarto oscuro. Una pareja en un rincón se besa y acaricia bajo las ropas. Ellos encienden un cigarro. Sonríen. Se miran. Se reconocen en el fondo de los ojos. Saben que están ahí sólo por diversión. Y se besan a ratos. Se pierden en sus abrazos y en la humedad de sus labios.
Vuelven al cuarto de los agujeros. Ella mira a las otras parejas que se besan, se lamen, se tocan. Y se apoya en la pared para mirar tranquilamente, mientras un poco más allá, en unas banquetas, algunas parejas comienzan a quitarse la ropa.
Se sientan. Se besan. Él comienza a desabrocharle la blusa. Ella sonrie. Se miran una vez más, se buscan y se encuentran una vez más, como la primera vez, con su antiguo deseo intacto. Él comienza a jugar con sus pechos. Ella comienza a gemir mientras mira a las otras parejas. Ella se arrodilla en el piso, le desata el pantalón, toma su verga y comienza a chupar, como siempre lo hace, con la ligera presión de sus labios, con el jugueteo de su lengua. Él le acaricía los pechos, mira a las otras parejas y ve un desfile de tipos que son mamados por mujeres arrodilladas.
Él la hace levantarse. Como comprende que disfruta mirando, la hace darse la vuelta y baja sus pantalones para acariciar suavemente su húmeda vagina. Ella comienza a gemir dulcelmente, y sólo él entre todos ellos, sólo él que conoce esos gemidos los escucha y los atesora. Ella se da la vuelta, termina de quitarse los pantalones, y lo monta con un profundo suspiro. Una pareja junto a ellos hace lo mismo. Un poco más allá, dos parejas comienzan a juguetear: una mujer yace de espaldas en un taburete, mientras la otra acaricia su vagina, al tiempo que es penetrada por su acompañante y mama el miembro de la pareja de la primera mujer.
Ella mira a todos lados, con una expresión un poco desencajada, con los ojos semicerrados y la boca ligeramente abierta. Él la siente moverse, la siente apretar con pequeños músculos su verga, la siente suspirar, y finalmente siente un rio que se desborda sobre su pubis y corre entre sus piernas. No alcanzó a sentir los pinchazos de las afiladas uñas de ella en su espalda, mientras cerraba los ojos y con un gemido se abría como una flor que había esperado demasiados inviernos para resplandecer.
Ella se levanta. Él la sigue. Ella vuelve a mirar por los agujeros. Él la mira sorprendido, excitado, maravillado de esa expresión de placer contenido. No sabe si llevarla de la mano junto a las otras parejas que comienzan a compartirse, a acariciarse mutuamente, a revolcarse a rio revuelto entre sonrisas, gemidos y suspiros prolongados, porque no sabe si es eso lo que ella quiere o disfruta del solo mirar.
Finalmente, vuelven a su banqueta. Ella vuelva a montarlo, vuelve a gemir, vuelve a mostrar esa expresión que a él le trastorna, vuelven a abrazarse, a acariciarse y reconocerse en medio de esas parejas que hacen lo mismo. Las parejas que antes se compartían timidamente han optado por cambiarse definitivamente. El gordo que fue su vecino durante el show penetra con alguna incomodidad a la mujer que antes masturbaba a su compañera. Se escuchan quejidos. Se ven formas danzantes en la oscuridad. Se escucha el frufru de papel higiénico cortado. Se escucha el leve rasguido del envoltorio de algún condón que sale por ahí. Y ella sigue montada sobre él. Sigue echando la cabeza hacia atrás, dejando que su pelo vuele libremente. Sigue danzando sobre él, con sus grandes pechos libres, para que él los acaricie, los amase, los bese y los disfrute.
Hasta que encienden la luz. Alguien había advertido al comienzo qué hacer en caso de una inspección municipal. Ella se asusta. Se levanta. Se abotona la blusa, mientras él cierra su pantalón. Pero no pasa nada. Aunque en realidad ha pasado todo, y el tiempo ha volado. Las luces se encendieron porque son más de las cuatro. La gente comienza a salir. El gordo, apoyado en la pared, anota un teléfono que entrega a la otra pareja.
Ellos se toman de la mano. Salen con paso resuelto. Respiran el aire fresco de la madrugada. Cruzan la calle. Un taxi está detenido junto a la vereda, esperando. Abren la puerta, saludan, indican una dirección. Se toman de la mano, se sonríen. Y luego se besan, con la sonrisa aún dibujada en sus labios.
jueves, 13 de noviembre de 2008
Proyecto
Una historia que no es una historia.
Sólo entrevistas a personas que conocieron en distintos ámbitos, a una persona.
Esa persona (un hombre, 35 años, profesional, padre de familia), acaba de cometer un crimen, que no está claro cuál es. En ese crimen, en todo caso, está involucrada (¿víctima? ¿cómplice?) su pareja.
Y todos los entrevistados hablan de él a la luz del crimen. Algunos para defenderlo, otros para atacarlo (en el tenor "siempre sospeché que él era capaz de algo así..."). Otros, simplemente para no tomar partido y decir que lo veían de tal o cual manera.
Evidentemente, las visiones de los entrevistados no son complementarias. Pero tampoco son absolutamente contrapuestas. Como las piezas de dos rompecabezas (¡gracias, T2!) de la misma imagen, pero que hubiesen sido cortadas en forma diferente.
O como un edificio visto por distintas personas mientras lo construían, y visto por otras cuando está terminado. O como un puente, visto desde las dos riberas del río. O como un árbol, donde un gusano habla de la raíz y un pájaro habla de su follaje.
Sería interesante, pero suena un poco a Detectives salvajes a la Bolañesa (aunque el resultado sería muy distinto, pero la forma es siempre lo que más ha preocupado a los críticos...)
Podría terminar con un recorte de diario (La Cuarta, por supuesto), que aclare el crimen. O nada. Dejar todo en penumbras.
Se reciben toda clase de opiniones y sugerencias (aunque con la inexistente cantidad gente que pasa por acá, será para el tricentenario).
viernes, 17 de octubre de 2008
El Sol
(Para quien alguna vez evitó que un sol ardiera...)
No podía abrir los ojos. Veía todo, sentía todo, pero no podía abrir los ojos.
Volvía a ver la cara de los dos tipos que lo asaltaron el mismo día que había llegado a Santiago, mientras caminaba por una calle oscura pero que entonces le parecía bonita, con casas altas, y todos esos cables saltando de un poste al otro, pensando que eso era la modernidad y era Santiago y era el progreso y era la riqueza que por fin podría mirar a la cara. Tan distinta le parecía la calle al camino que recorría desde la hacienda Montana a su casa, tan distintos los árboles a esos postes decorados de cables y zapatillas colgando (¿para qué servirían esas zapatillas? se preguntó, divertido sin encontrar una respuesta), tan distintas las rejas de metal y los jardines con maleza y basura a los cercos de madera y alambre tras los cuales se veían los animales pastando. Tan distinto le parecía todo, tan hermoso a fuerza de novedad que no escuchó cuando los dos tipos lo alcanzaron y uno de ellos lo rodeó por los hombros y le preguntó si no tenía un cigarrito. Él se volvió a mirar a uno, luego al otro, y les dijo sonriendo que no, que él no fumaba. Y entonces uno de los tipos sacó un palo, no supo de donde, un palo como esos con los que se ve a los gringos jugar en la televisión, y lo sintió de lleno en la cabeza. Alcanzó a escuchar cómo caía la bolsa que traía y cómo se rompía la taza nueva que se había comprado para el té.
Cuando lo despertaron miró extrañado a todo el mundo. Tres señoras lo rodeaban y una le hablaba con palabras que le parecieron de otro planeta. Se levantó sintiendo una argolla de metal en la cabeza, apretándole las sienes, sintiendo que una parte de él se quedaba tirada en el piso. Y cuando se tocó la frente sintió algo seco como una cáscara. “Está todo lleno de sangre”, le dijo una de las señoras. “¿Lo asaltaron, m’hijito?” le preguntaba otra. Y sólo entonces se le ocurrió buscar el pañuelo en su bolsillo, y la señora que primero le había hablado se lo tendía. “¿Busca esto?”. Él lo miró sorprendido. ¿Cómo pudieron saber ellos? No se lo imaginaba. Debían haberlo revisado completo mientras él estaba tirado en el suelo, chorreando sangre. En fin. El pañuelo estaba arrugado y sucio. Y no tenía ninguno de los billetes que había puesto enrolladitos adentro. Su reloj tampoco estaba, pero eso no le importaba mucho. ¿Qué iba a hacer sin plata? Era tan absurdo estar allí, con la cabeza cubierta de sangre seca, con las manos sucias, rodeado de esas señoras que ya parecían aburrirse y se iban a sus casas, con ese dolor de cabeza que lo mataba, que por un momento sólo quiso echarse a llorar y correr de vuelta a su casa. Pero ni para eso tenía dinero. Nada.
Comenzó a caminar de vuelta a la pensión donde había dejado un par de camisas, un par de pantalones y unas mudas de ropa interior. Y a cada paso le parecía que el mundo se venía abajo y que la calle que hacía poco rato le parecía tan linda ahora era un sueño oscuro que no terminaba nunca en la puerta que necesitaba.
Debía ser muy tarde cuando volvió, porque estaba todo a oscuras. En la puerta había un peruano fumando al que había saludado cuando llegó a la pensión. “¿Qué le pasó, hermanito?”. “Nada, gracias, buenas noches”. Y subió trastabillando los escalones. En el baño se miró al espejo y se lavó la cara y las manos, y se dio cuenta que tenía rasguños en la cara, un moretón arriba del ojo izquierdo, y un corte entre la boca y la pera. “Si mi taita me viera, pensó, me pegaría por no haberme defendido”.
Durmió hasta que lo despertó un hormigueo en el estómago. Miró por la ventana y calculó que serían más de las doce. No comía desde el almuerzo del día anterior. Sería eso. Buscó en su bolsito, y sólo encontró un par de pilchas. Miró alrededor suyo, y no había nada. No estaba la taza que había comprado, el pan, el queso, el té. Y pensar en que todo eso había desaparecido le daba más hambre. Se vistió, se fue al baño y se miró al espejo. Con esa cara, ojalá no lo tomaran preso, ojala no lo mandaran a un hospital. Salió a la calle y comenzó a caminar.
Ahora no podía recordar cuánto caminó. No podía recordar a cuántas personas les había pedido trabajo. Y todas le pedían papeles que no tenía, o le decían con cara de miedo que no tenían nada para él. Se había ofrecido para acarrear sacos, se había ofrecido para mover escombros en la construcción… hasta para contar ladrillos se ofreció, y en todas partes encontraba la misma cara y la misma respuesta.
Volvió tarde a la pensión, y sentía triplicada el hambre de la mañana. Pensó en ir a hablar con el señor que le había arrendado la pieza el día anterior y pedirle una taza de té con un pancito, pero de sólo pensarlo se le subieron los colores a la cara, así que se metió a la cama y trató de dormir. Pero era un revolcarse entre las sábanas, que no olían como las de su casa, que no se sentían como las de su casa. El hormigueo de la mañana se había convertido en un pequeño ardor en la boca del estómago, en una fatiga en las piernas, en una sequedad en el fondo de la garganta.
Cuando despertó sintió la cara sudada y apenas pudo abrir los ojos. El sol entraba a raudales por la ventana sin cortina. Y el ardor en la boca del estómago se hacía insoportable. Salió, camino, pidió trabajo, miró a las personas que comían en la vereda, vio a los mozos que pasaban con platos humeantes, con sándwich que chorreaban cosas por los costados, con bebidas. Y vio a la gente que comía sin importarle nada, como seguramente lo hacía él con los porotos de su madre, como si los porotos con riendas y longaniza fuesen lo más natural del mundo y sólo bastara con estirar la mano y tomarlos, y ni siquiera fuera necesario que alguien los preparara. Y por un minuto tuvo deseos de acercarse a un mozo y pedirle que le regalara algo. O acercarse a un señor que parecía un buen abuelo envuelto en un abrigo grueso y que leía el diario tomando un café con pasteles. Y camino dos o tres pasos hacía el abuelo, que levantó los ojos de su diario y lo miró casi con simpatía, como invitándolo a sentarse junto a él, y pedir un café con pasteles o mejor aún, unos porotos bien servidos, a cuchara pará. Pero cuando iba a dar el cuarto paso, sintió una mano en el pecho, y se encontró con un mozo que le decía que mejor siguiera caminando, que no molestara, y él sólo pudo bajar la vista, esconder su vergüenza y su hambre y balbucear un “perdón” que el ruido de los autos ahogaron.
Durmió otra noche, quizás otro día, vio el sol por su ventana, lo sintió dentro de su estómago. Quiso levantarse para volver a recorrer las calles para volver a pedir un trabajo, a rogar un trabajo, a suplicar si fuese necesario, con lágrimas corriendo que le refrescaran la cara que sentía abrasada, con una voz que mostrara el dolor y el ardor de su estómago y la debilidad de sus piernas, pero no pudo mover un solo músculo. Pensó en arrastrarse, bajar y hablar de hombre a hombre con el dueño de la pensión. Él entendería. Él lo abrazaría y le diría “hijo, no importa, siéntese y coma”, pero no podía ver la puerta, no podía ver las paredes de su pieza por más que forzaba los ojos hasta hacerlos lagrimear.
Y pensó que era sangre lo que salía de sus ojos, que era un sol lo que tenía en el estómago, y se durmió con la cabeza llena de imágenes. La señora Isabel que lo veía pasar cuando caminaba de vuelta a su casa, y que le mandaba un frasquito de dulce a su mamá, y a veces le pedía que le cortara un poco de leña, y él lo hacía feliz, sonriéndole a la señora Isabel, que era como la abuela de todos los que vivían alrededor. Y ella le daba las gracias por la leña, y le metía unas manzanas en los bolsillos, o le daba un pan amasado con queso recién cortado, o le convidaba un vasito de chicha que su marido, don Pedro, había hecho. Y entre sueños le asaltaba la imagen de su madre, los porotos con rienda, las cazuelas y las humitas, su padre y una copa de vino y el jamón serrano cortado con el cuchillo de monte. Y escuchaba las risas de su hermana, mostrando el vestido que él le había llevado desde Santiago, y la madre que le decía que cómo se iba a poner esa ropa de princesa para andar entre el barro y los chanchos y los perros, y él que le mostraba los regalos, un televisor gigante y un equipo de música, y una lavadora para que no siguiera gastando sus manos viejas en la artesa, y el sombrero nuevo para su papá, y hasta un auto blanco como las plumas de la Cabezona, su gallina regalona. Y la gallina se le subía a las piernas, y le picoteaba el estómago, buscando el sol que él tenía escondido y que le quemaba y le quemaba y le quemaba. Y él le rogaba a la gallina que siguiera picoteando, y llamaba al Tolín y al Negro para que ayudaran con sus mordiscos a la Cabezona a sacar el sol de su vientre y lo dejaran descansar. Y los perros mordían, y la Cabezona picoteaba, pero el sol no salía, parecía agrandarse hasta ser como el volcán al que había subido tantas veces con su padre a cazar liebres que asaban en la tarde, bien remojadas con vino tinto, entre las sonrisas de su madre y su hermana que tejía. Tejía calcetines para que él no pasara frío en las mañanas tan heladas de Santiago, una bufanda que le abrigara la garganta, una chomba para su espalda, un gorro que le tapara las orejas. Pero él le pedía que dejara de tejer y le prestara una hebra de lana para metérsela por la boca y amarrar el sol que tenía dentro y sacarlo a tirones. Pero su hermana no lo escuchaba, sólo sonreía. Y la Cabezona picoteaba, y los perros mordisqueaban, pero no lograban llegar al sol, y sólo lo hacían llorar de dolor.
Dos noches, tres noches, quizás cuatro con los mismos sueños. Trato de hablar para que alguien viniera a ayudarlo, a abrazarlo y llorar a su lado, pero sólo escuchó que al lado golpeaban la pared para que se callara. Así que se calló, y siguió con la cabeza llena de imágenes, hasta que su madre se confundió con su hermana y con la señora Isabel, y lo llamaban las tres que eran una y le decían que se volviera al campo, a trabajar en Montana y vivir con ellos. Y veía la cara seria de su padre, sus cejas juntas y los ojos pequeños. Y él les decía que sí, que ya iba, que apenas consiguiera sacarse el sol que se había tragado iría. Pero su padre le decía que cómo se le ocurría tragarse el sol, que seguramente por estar de ocioso como los santiaguinos, tirado en algún banco de plaza sin hacer nada se había tragado el sol, y él lloraba y le decía no papito, pedí trabajo hartas veces, y siempre me dijeron que no, y el sol crecía y crecía. Y llorando sintió que algo se rasgaba dentro, que el sol salía de su vientre y lo llenaba entero, haciéndolo arder.
domingo, 5 de octubre de 2008
Coprofagía
¿Por qué los poetas felices no son los mejores?
¿Por qué las antologías comienzan con las tragedias griegas y no con las bufonadas de Catulo?
¿Por qué Baudelaire, Rimbaud, Rilke, Whitman y todos los decadents franceses son más famosos que cualquier poeta que cante el verdor de los prados?
Coprófagos.
Eso son todos ellos. ¿Eso somos todos nosotros?
Se alimentan de su malestar del mundo, explotan su incapacidad de soportar la realidad. Se hartan de lo más feo del mundo.
Y luego nos dan de comer a nosotros.
Y otros aprendices de poetas, otras almas que juegan a la melancolía se tragan todo como si fuera maná divino, creyendo que aquello que leen es la palabra definitiva de algún profeta.
Pero no. Sólo es coprofagía. Sólo son palabras salidas de las conchas vacías de las que está lleno el universo. Sólo son la basura en la que escarbamos con la nariz humeda y los colmillos babeantes.
Sólo es coprofagía. Alimentarse de lo peor de sí mismo para tratar de engendrar algo de luz. Sólo es coprofagía. Desechos de la humanidad tratando de brillar como un diamante en un extraño cuarto oscuro.
Sólo es coprofagía. Alimentarse de la propia mierda porque es precisamente la mierda la que sirve como el mejor abono para las más hermosas flores.
CINO - Ezra Pound
¡Bah! He cantando a las mujeres en tres ciudades,
pero siempre es lo mismo;
ahora le cantaré al sol.
Labios, palabras, y ya las tienes.
Sueños, palabras, y se vuelven como joyas.
Hechizos extraños de viejas deidades,
cuervos, noches, encantamiento
y ya no están.
Se han convertido en las almas de la canción.
Ojos, sueños, labios, y la noche sigue.
Cuando vuelves otra vez al camino
ya no están.
Ellas en sus torres olvidan nuestras melodías,
que una vez siguieron la tonada del viento.
Sueñan con nosotros y
suspirando, dicen: "¡Ojalá Cino,
el apasionado Cino, el de los ojos fruncidos,
el alegre Cino, el de la pronta risa,
el del reto, el de la burla,
el frágil Cino, el más fuerte entre los suyos,
los que vagabundean por los viejos caminos bajo el sol,
ojalá Cino el del laud estuviese aquí!".
Una vez o dos al año...
Vagamente dicen así:
"¿Cino?". "¿Oh, ah, Cino Polnesi
el cantante, a ese te refieres?"
"Ah, sí, pasó por aquí una vez,
Un tío descarado, pero...
(Oh, todos esos vagabundos son iguales),
¡peste! ¿Son suyas
o de algún otro las canciones que canta?
Pero vos, mi señor, ¿de donde venís?
"Pero vos, mis señor", ¡por amor de dios!
Si saliera a la luz lo que yo sé, mi señor, vos
seríais Cino Sin Tierra, lo mismo que yo,
oh Sinistro.
He cantado a las mujeres en tres ciudades.
Pero todo es igual.
Ahora le cantaré al sol.
...¿Eh?... casi siempre tenían los ojos grises,
pero todo da igual, voy a cantarle al sol.
"¡Apolo Febo, vieja cacerola, tú
que glorificas la égida de Zeus,
escudo de acero azul, ojalá el cielo de ahí arriba
tuviera por tachón tu alegre lustre!
Apolo Febo, haz que en nuestro periplo
tu risa sea nuestra canción para el camino;
haz que tu resplandor ahuyente las preocupaciones-
¡Que las nubes y las gotas de lluvia se vayan deprisa!
siempre buscando una senda nueva
que lleve a los jardines del sol..."
He cantado a las mujeres en tres ciudades
pero todo es igual.
Voy a cantar a los pajaros blancos
en las aguas azules del cielo,
a las nubes que son como la espuma al mar.
sábado, 27 de septiembre de 2008
Tres - A mi princesa Ariadna
Perder no impide apostar - tienes que ser un milagro
Alguna vez fuiste nada más que un proyecto. Alguna vez fuiste un sueño, una idea, una ilusión envuelta en piel.
Pero hace tres años, a esta mismísima hora, estabas entre mis brazos, estabas temblando de tan pequeña que eras, estabas mirándome como quien mira algo nuevo que ha esperado por demasiado tiempo.
Y te abracé, y te envolví con mis manos, y limpié todos los restos de la oscuridad en que habías crecido, y te vestí con tus primeras ropas, y te hablé y te sonreí, y te lloré en medio de otros sueños, en medio de otros nombres.
Y desde entonces no he dejado de llorarte, desde entonces no he dejado de sonreir. En cada paso tuyo, en cada sonrisa tuya, en cada palabra tuya. Es tanto lo que has aprendido que el vértigo es inseparable de tí. Es tanto lo que has crecido que cualquier árbol sentiría envidia. Es tanto lo que has iluminado el mundo que cada vez que te eclipsas parece que todo se derrumbará.
Eso eres tú.
La luz de este mundo opaco. El orden en medio de este permanente desorden. Las lágrimas que refrescan sin dañar. Las risas que despiertan mi corazón y le hacen cantar.
Eres, a veces -algunas veces- mi reflejo en colores claros, con tonos pastel y música de "El laberinto del fauno". Eres mi pequeña ninfa, mi dulce ménade, mi sueño de una noche de verano, mi simple esperanza.
Tres veces mi deseo de retorno, tres veces mi anhelo nietzscheano de que todo vuelva, de que todo retorne, de que todo vuelva a ser, una y otra vez, infinitas veces hacia adelante, infinitas veces hacia atrás, exactamente igual de como ha sido, de como es y como será.
Tres veces tu voz es tu voz es tu voz. Tres veces el brillo de tus ojos es lo que me hace sonreir. Tres veces tú y el resto es sólo el resto. Tres veces tú, hermosa princesa mía, como las tres princesas en azul --esas de allá, de Knossos, tu tierra natal.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
Lepra
Como si el mundo tuviese lepra, se cae pedazos. Un trocito ayer, un trocito hoy, un trocito mañana.
Y miras todos los trocitos. Aquellos que tratan de sostenerse de mala gana, sin ánimo. Aquellos a los que la gravedad ya atrapó y los empuja al piso. Aquellos otros que están tirados, como parte de un decorado que hace muchos siglos sirvió para una opus magna pero que hoy espera que alguien se digne a barrer.
¿Qué hacer si quien mira los pedazos cayendo tiene una cara de otro planeta? ¿Qué hacer si parece que todo y todos te urgen a levantar los trozos y pegarlos al cuerpo al que alguna vez pertenecieron con algo que parece engrudo? ¿Qué hacer si te urgen a pegarlos de vuelta y a tí, entre sorprendido y adormecido, te da lo mismo?
Tal vez lo mejor sea abrir los brazos. Que la pila de platos que vienes sosteniendo desde hace tanto tiempo que ya lo olvidaste y que llega tan alto que acaricia las nubes se venga al suelo, y se convierta en un hermoso desastre de loza blanca.
Tal vez sea lo mejor. Tal vez sería lo mejor. Si no fuera porque casi todos los platos seguramente te caerán encima, se romperán sobre tu cabeza, y dejarán tu piel desnuda al sol, cubierta de sangrientos zurcos que manan el alquitrán que hoy corre por tus venas.
Tal vez sea lo mejor. Tal vez sería lo mejor. Si no fuera porque cada plato era un salto que dabas, era un peldaño que escalabas --hacia donde, no importaba.
Tal vez sea lo mejor. O terminar escribiendo las tres letras que nunca has podido escribir en un papel, porque nunca has llegado tan lejos, porque nunca has sido capaz de terminar nada. Tal vez escribir esas tres letras, con tu sangre, con el movimiento penduleante de tu cuerpo al extremo de la soga, con los espamos de algún manjar disfrazado de veneno.
Tal vez. Sólo tal vez.
Porque mientras el mundo siga cayéndose a pedazos, como si se tratara de un enfermo de lepra, sólo existirá como respuesta un "tal vez".
FIN
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Licantropo
Y entonces me veo corriendo, apoyado en cada una de mis patas, con la cola levantada al cielo y los colmillos asomando en mis fauces... mis fauces, rojas, húmedas, como si hubiesen bebido toda la sangre del mundo.
Me veo corriendo en las autopistas, entre los autos que pasan raudos a mi lado como balas de plata que tratasen de alcanzarme. Me veo corriendo, saltando desde la autopista a los rieles metálicos del metro, esquivando los trenes que me persiguen. Me veo corriendo, saltando sobre los vagones, lanzando los aullidos que nadie quiere escuchar, los aullidos que llenen de pesadillas sus noches tránquilas.
Me veo corriendo, saltando sobre los techos, cayendo sobre los árboles de los parques, ahuyentando a las parejas que se acarician bajo sus ropas escondidos entre las sombras. Llenando de temores los rostros de las mujeres, llenando de satisfacción las caras de los hombres que se sienten protectores.
Me veo agazapado entre los matorrales, con ese brillo de borrachera en los ojos, con la baba cayendo lentamente sobre la hierba que ha quedado maldita bajo mis pisadas.
Me veo agazapado, observando ansiosamente a las mujeres que caminan solas en medio de la noche, respirando sus olores de hembras, alimentado con ellos mis deseos. Me veo lanzándome sobre ellas, destrozando sus ropas con mis garras, provocándoles alaridos de dolor, de terror y de gozo, mientras bebo la sangre que mana abundante de todos los rincones donde mis colmillos han hecho sus estragos.
Me veo corriendo.
Me veo corriendo hasta que la luna se oculte y luego yo siga corriendo, como un simple hombre desnudo, entumido y asustado que huye al amanecer.
jueves, 11 de septiembre de 2008
Malas costumbres
Si las malas costumbres son las más persistentes, las más difíciles de desterrar, ¿no serán entonces la verdadera cara, lo que los ingenuos filósofos llaman "esencia"?
Al final, entonces, habría que amar incluso las malas costumbres...
¡Puaj! ¡Qué asco! grita la princesa imaginando la tapa del baño adornadas de gotitas...
lunes, 8 de septiembre de 2008
El cielo
¿Tomarse el cielo por asalto? Naaa... ¿Para qué? ¿Para encontrar una tropa de divinidades ebrias, danzando algunas, durmiendo otras más allá? ¿Démeter derramando sus frutos en el piso mientras rie a carcajadas? ¿Afrodita fornicando con algún extraño ser mitad algo mitad otra cosa, mientras mira de reojo a Ares que duerme agitados, rabiosos y cornudos sueños?
¿Tomarse el cielo por asalto? Tal vez. Y de esa forma pedir para mí mismo el único tipo de caída que mi soberbia tolera: estrepitosa, furibunda, de esas caídas que desgarran la piel convirtiéndola en un montón de jirones rojizos que claman por algo de agua que la refresque.
¿Tomarse el cielo por asalto? Quizás. Y entonces se encontraría el espectáculo de la desintegración del mundo con acordes wagnerianos y decorados de Andy Warhol, cantos de valquirias de siluetas amarillo encendido pegadas como etiquetas en una botella de cerveza.
¿Tomarse el cielo por asalto? No, otra vez no. Porque los milagros pequeños y sonrientes sólo se dan una vez, y convertir sus ojos encantadores en lágrimas abrazadoras sería un crimen que no me atrevo a cometer.
Ya se intentó una vez tomar el cielo por asalto, torcerle la mano al destino entre dos. Pero al torcerle la mano no le quitamos la espada, y ahora la deja caer sobre nosotros desgarrando todo alrededor.
Ya se intentó tomar el cielo por asalto, y los dioses borrachos pueden dejarte entrar por un rato a contemplar su triste apariencia, a sentir su temible hedor, a escuchar sus cantos que parecen carcajadas de hienas. Pero luego toman su venganza. Como no te invitaron ellos a sus fiestas, te expulsan a patadas del Olimpo, para terminar cayendo más hondo que Sísifo y quedar más deforme que Hefestos.
Ya se intentó tomar el cielo por asalto, y puesto que el camino es árduo y escarpado, puesto que los montes se elevan como muros de roca impenetrable, las energías se agotan y luego no se puede aguantar la posición.
¿Tomarse el cielo por asalto? Sólo para ver a Cronos, devorando infinitamente a sus hijos, devorándonos infinitamente a nosotros, inmerecidos bastardos suyos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

