Ambos miran alrededor, fijándose en cada detalle, mirando las caras de las demás parejas. Sobre la barra un televisor transmite una película porno. Raro, piensa él. Primera vez en su vida que mientras mira a la mesera que les tiende la cara ve de reojo una porno en el espejo detrás de su mujer.
Pasan los minutos y los dos sonríen, los dos beben sus tragos, los dos observan a las parejas un poco mayores que ellos que desfilan por el lugar.
Conocían el programa, que hablaba de un show. Así que cuando ven a las parejas que comienzan a levantarse con sus tragos, ellos también se levantan, y siguen a los que comienzan a avanzar por el pasillo. Entran a una sala un poco estrecha, con asientos todo alrededor, excepto en un pequeño espacio un poco más elevado con un caño instalado. Un presentador los saluda, les da la bienvenida, y presenta a una muchacha que tras un baile un poco frenético comienza a desvestirse a un ritmo lento y pausado, pero sin otra gracia que sus abultados pechos operados.
Después, aparece una versión musculosa de Neo. Se quita el abrigo y queda en shorts. Las mujeres sonríen. Su mujer le hace una broma a su vecina, que rie a carcajadas. La versión musculosa de Neo trata de provocar a todas, acercándoseles, haciéndolas recorrer su pecho con manos ansiosas. Y luego toma a alguien del público. La lleva a la pista, la levanta y la hace abrazarlo, le levanta el vestido, la desnuda, la tiende en el piso. Él no puede ver más, porque el gordo de su vecino cubre todo el espacio, dejándole sólo la posibilidad de mirar las caras del resto de la gente. Caras de placer en algunas mujeres. Indiferencia en otras. Un extraño interés en algunos hombres, una pequeña desaprobación en algunos otros.
El show termina. Les hablan de las salas. Un cuarto oscuro en el que se puede fumar y beber. Un cuarto donde no se puede fumar. En cualquiera de los dos lugares se debe entrar sólo con vasos plásticos.
Ella lo lleva a la barra a cambiar sus vasos, y entran a la sala donde no se puede fumar. Una pared con agujeros deja ver parejas que comienzan a acariciarse, que comienzan a quitarse lentamente la ropa. Se van al cuarto oscuro. Una pareja en un rincón se besa y acaricia bajo las ropas. Ellos encienden un cigarro. Sonríen. Se miran. Se reconocen en el fondo de los ojos. Saben que están ahí sólo por diversión. Y se besan a ratos. Se pierden en sus abrazos y en la humedad de sus labios.
Vuelven al cuarto de los agujeros. Ella mira a las otras parejas que se besan, se lamen, se tocan. Y se apoya en la pared para mirar tranquilamente, mientras un poco más allá, en unas banquetas, algunas parejas comienzan a quitarse la ropa.
Se sientan. Se besan. Él comienza a desabrocharle la blusa. Ella sonrie. Se miran una vez más, se buscan y se encuentran una vez más, como la primera vez, con su antiguo deseo intacto. Él comienza a jugar con sus pechos. Ella comienza a gemir mientras mira a las otras parejas. Ella se arrodilla en el piso, le desata el pantalón, toma su verga y comienza a chupar, como siempre lo hace, con la ligera presión de sus labios, con el jugueteo de su lengua. Él le acaricía los pechos, mira a las otras parejas y ve un desfile de tipos que son mamados por mujeres arrodilladas.
Él la hace levantarse. Como comprende que disfruta mirando, la hace darse la vuelta y baja sus pantalones para acariciar suavemente su húmeda vagina. Ella comienza a gemir dulcelmente, y sólo él entre todos ellos, sólo él que conoce esos gemidos los escucha y los atesora. Ella se da la vuelta, termina de quitarse los pantalones, y lo monta con un profundo suspiro. Una pareja junto a ellos hace lo mismo. Un poco más allá, dos parejas comienzan a juguetear: una mujer yace de espaldas en un taburete, mientras la otra acaricia su vagina, al tiempo que es penetrada por su acompañante y mama el miembro de la pareja de la primera mujer.
Ella mira a todos lados, con una expresión un poco desencajada, con los ojos semicerrados y la boca ligeramente abierta. Él la siente moverse, la siente apretar con pequeños músculos su verga, la siente suspirar, y finalmente siente un rio que se desborda sobre su pubis y corre entre sus piernas. No alcanzó a sentir los pinchazos de las afiladas uñas de ella en su espalda, mientras cerraba los ojos y con un gemido se abría como una flor que había esperado demasiados inviernos para resplandecer.
Ella se levanta. Él la sigue. Ella vuelve a mirar por los agujeros. Él la mira sorprendido, excitado, maravillado de esa expresión de placer contenido. No sabe si llevarla de la mano junto a las otras parejas que comienzan a compartirse, a acariciarse mutuamente, a revolcarse a rio revuelto entre sonrisas, gemidos y suspiros prolongados, porque no sabe si es eso lo que ella quiere o disfruta del solo mirar.
Finalmente, vuelven a su banqueta. Ella vuelva a montarlo, vuelve a gemir, vuelve a mostrar esa expresión que a él le trastorna, vuelven a abrazarse, a acariciarse y reconocerse en medio de esas parejas que hacen lo mismo. Las parejas que antes se compartían timidamente han optado por cambiarse definitivamente. El gordo que fue su vecino durante el show penetra con alguna incomodidad a la mujer que antes masturbaba a su compañera. Se escuchan quejidos. Se ven formas danzantes en la oscuridad. Se escucha el frufru de papel higiénico cortado. Se escucha el leve rasguido del envoltorio de algún condón que sale por ahí. Y ella sigue montada sobre él. Sigue echando la cabeza hacia atrás, dejando que su pelo vuele libremente. Sigue danzando sobre él, con sus grandes pechos libres, para que él los acaricie, los amase, los bese y los disfrute.
Hasta que encienden la luz. Alguien había advertido al comienzo qué hacer en caso de una inspección municipal. Ella se asusta. Se levanta. Se abotona la blusa, mientras él cierra su pantalón. Pero no pasa nada. Aunque en realidad ha pasado todo, y el tiempo ha volado. Las luces se encendieron porque son más de las cuatro. La gente comienza a salir. El gordo, apoyado en la pared, anota un teléfono que entrega a la otra pareja.
Ellos se toman de la mano. Salen con paso resuelto. Respiran el aire fresco de la madrugada. Cruzan la calle. Un taxi está detenido junto a la vereda, esperando. Abren la puerta, saludan, indican una dirección. Se toman de la mano, se sonríen. Y luego se besan, con la sonrisa aún dibujada en sus labios.


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