lunes, 11 de febrero de 2008

Círculos

Una mujer en la vereda. Mira casi hipnóticamente una cartera en la vitrina. El precio no es excesivo, pero acaba de gastar casi todos sus últimos billetes en un par de zapatos para comenzar un nuevo trabajo, el primero que consigue después de muchos meses. Mira alternadamente la vitrina, donde brilla el cuero negro de la cartera nueva, y su vieja cartera, agrietada, con las esquinas peladas, con el broche que no cierra... Si entra, y la compra, el dinero no le alcanzará para tomar el metro todos los días del mes... Si no la compra, seguramente no causará la impresión que quiere causar, y que le permitiría quedarse con el trabajo definitivamente.
Un hombre llega a su casa, cerca de las 11 de la noche, después de haber trabajado hasta poco rato antes, terminando todos los informes que tenía que terminar, tratando de mostrar sus habílidades de todas las formas hábidas y por haber, tratando de poner un cartel luminoso sobre su cabeza que fuera visto por todos sus jefes y dijera algo así como "Hey!!! Vean que bien lo hago", y así obtener el ascenso, y el correspondiente aumento de sueldo, que lo deje comenzar a vivir con su familia, y no a solamente sobrevivir; ese aumento que le permita convertir a su mujer en lo que él quiere que sea, y volver a llenarla de vida con citas, con juegos, con cenas fuera de la casa, con descansos como dios manda. Pero al llegar a su casa, cansado después de meses trabajando al mismo ritmo, encuentra todo a oscuras y silencioso, a pesar que nunca se duermen temprano. Va al comedor, a dejar su maletín en el rincón de siempre y encender las luces, y encuentra un sobre encima de la mesa, que contiene una escueta carta de despedida: "Me voy. Lo siento, no me busques... pero creo que es demasiado lo que te has olvidado de mí. Quiero ser algo más que una simple presencia en esta casa".
Un estudiante se despedaza contra los libros, como si fuesen acantilados de papel. Todas las noches hunde su cara entre las páginas blancas, amarillentas, ocres, como si buscara que las letras entraran directamente a su cabeza. Lee y lee, sin detenerse. Estudia y estudia, sin preguntarse siquiera el por qué. Pero sonríe al ver las caras satisfechas de su madre, de su padre, de todos los parientes que inflan el pecho por tener un hijo o un sobrino o un nieto en la universidad, y que además es un modelo de estudiante. Pero en un par de meses la falta de sol resplandeciente, de aire puro que corra entre los árboles, de comidas saludables y abundantes, de sueño prolongado y reponedor comienza a pasarle la cuenta. Se duerme en clases. Cada día le es más dificil concentrarse. Avanza las páginas, y después de mucho rato se da cuenta que ni siquiera sabe qué leyó. Hasta que llega el fin del año, y sus notas son deplorables. Todas las materias reprobadas. Entra en proceso de eliminación. Su defensa no aporta ningún argumento que permita una reconsideración. Es expulsado. Y mientras espera el bus, se pregunta cómo se lo hará saber a su padre, a su madre, y a todos sus orgullosos parientes.

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