Y entonces me veo corriendo, apoyado en cada una de mis patas, con la cola levantada al cielo y los colmillos asomando en mis fauces... mis fauces, rojas, húmedas, como si hubiesen bebido toda la sangre del mundo.
Me veo corriendo en las autopistas, entre los autos que pasan raudos a mi lado como balas de plata que tratasen de alcanzarme. Me veo corriendo, saltando desde la autopista a los rieles metálicos del metro, esquivando los trenes que me persiguen. Me veo corriendo, saltando sobre los vagones, lanzando los aullidos que nadie quiere escuchar, los aullidos que llenen de pesadillas sus noches tránquilas.
Me veo corriendo, saltando sobre los techos, cayendo sobre los árboles de los parques, ahuyentando a las parejas que se acarician bajo sus ropas escondidos entre las sombras. Llenando de temores los rostros de las mujeres, llenando de satisfacción las caras de los hombres que se sienten protectores.
Me veo agazapado entre los matorrales, con ese brillo de borrachera en los ojos, con la baba cayendo lentamente sobre la hierba que ha quedado maldita bajo mis pisadas.
Me veo agazapado, observando ansiosamente a las mujeres que caminan solas en medio de la noche, respirando sus olores de hembras, alimentado con ellos mis deseos. Me veo lanzándome sobre ellas, destrozando sus ropas con mis garras, provocándoles alaridos de dolor, de terror y de gozo, mientras bebo la sangre que mana abundante de todos los rincones donde mis colmillos han hecho sus estragos.
Me veo corriendo.
Me veo corriendo hasta que la luna se oculte y luego yo siga corriendo, como un simple hombre desnudo, entumido y asustado que huye al amanecer.


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